De los Salones a las Cuevas. MANUAL DE SAINT-GERMAIN-DES-PRÉS, de Boris Vian

POSTED BY   Natalia
18/10/2016
De los Salones a las Cuevas. MANUAL DE SAINT-GERMAIN-DES-PRÉS, de Boris Vian

De los Salones a las Cuevas. MANUAL DE SAINT-GERMAIN-DES-PRÉS, de Boris Vian por Fernando Alonso.

Cuando en 1949 los responsables de la Colección Guías Verdes tuvieron la ocurrencia de encargar una guía turística de Saint-Germain-des-Prés a una figura tan controvertida como Boris Vian, pensando en disponer de una guía como cualquier otra de las que componían su colección, no debieron evaluar la posibilidad de recibir un texto como el Manual de Saint-Germain-des-Prés, que no hace sino reflejar la personalidad de su autor y, a la vez, el carácter transgresor que durante un tiempo representó este barrio parisino de la orilla izquierda. El libro fue finalmente publicado en Francia en 1979, veinte años después de la muerte de su autor, y ahora en España, en 2012, de la mano de la Editorial Gallo Nero.

Porque conviene recordar que Boris Vian (1920-1959), a pesar de su temprana muerte a consecuencia de una dolencia cardiaca que le acompañó toda la vida, fue un enfant terrible de la cultura francesa de postguerra, un artista polifacético perteneciente a una bohemia intelectual que en los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo se asentó en el barrio de Saint-Germain.

Brillante en los estudios, Boris Vian se graduó como Ingeniero en 1942, profesión que pronto abandonó para dedicarse a sus dos ocupaciones favoritas: la literatura y la música. Como escritor, cultivó la novela, el cuento, la poesía y el teatro, y trabajó como periodista y traductor. Como músico, compuso canciones y óperas, y fue chansonnier, pero, sobre todo, alcanzó notoriedad como intérprete –trompetista− y crítico de jazz, llegando a director artístico de la discográfica Philips. Por si faltara algo, fue esporádico actor de cine. Tantas actividades y un cierto carácter camaleónico, quizá estén en el origen del uso de incontables heterónimos que utilizó para publicar sus textos y composiciones.

Para entender el entorno de opinión pública en el que, voluntariamente, se movió Boris Vian durante toda su carrera hay que situarse en 1946, año de la publicación de su novela “Escupiré sobre vuestra tumba”, la primera firmada con el heterónimo de Vernon Sullivan, un supuesto escritor americano de raza negra, en cuya edición aparecía Boris Vian como simple traductor. Se trata de una novela de serie negra, que fue inmediatamente demonizada por la sociedad francesa biempensante por violenta y pornográfica. La obra fue censurada y finalmente prohibida y su autor condenado en un juicio por “ultraje a las buenas costumbres”, juicio que comenzó en la época en que finalizaba la escritura del Manual. Desde ese momento Boris Vian nunca logró zafarse de la imagen de provocador que le acompañó de por vida, por más que alternara luego obras de este carácter con otras de tono muy diferente.

El momento histórico que describe Boris Vian en su Manual coincide con el final de la ocupación alemana y la liberación de París, con una intelectualidad bohemia afincada en las tertulias de los grandes cafés, mientras muchos jóvenes comenzaban a reunirse en otros locales más canallas –las cuevas−, al amparo de una libertad recién conquistada y el trasfondo de la música de la época: el jazz. Con el tiempo se desdibujó la frontera entre ambos grupos, siendo usual ver a muchos de aquellos intelectuales en los clubs donde se reunía la juventud.

Pero hay que recordar que cincuenta años antes del Saint-Germain que describe el Manual, hubo otro, muy diferente, en el que se gestaron algunas claves de la novela moderna, y dado que hemos enmarcado estas notas dentro de un recorrido literario que nos ha traído hasta aquí desde el cercano Montparnasse, no estaría de más señalar algunos aspectos de aquel otro barrio, antes de entrar en el análisis del Manual.

En la época a la que hago referencia, los centros de intercambio social e intelectual de Saint-Germain, estaban constituidos por los “salones” en los que la nobleza culta reunía con regularidad una tertulia de adictos e invitados selectos. Algunos de estos salones de moda, que rivalizaban entre sí por número y nivel de sus asistentes, fueron frecuentados, entre otros, por Edith Wharton (1862-1937) y Marcel Proust (1871-1922). En opinión del biógrafo de la primera, R. W. B. Lewis, el barrio de Saint-Germain estaba definido «no tanto por unos límites geográficos como sociales, históricos e intelectuales. Era la sede ciudadana de la nobleza francesa de más peso; una sociedad aristocrática que lentamente iba siendo impregnada de intelectuales y artistas burgueses». Marcel Proust comenzó a frecuentarlos en 1894, con veintitrés años, y Edith Wharton en 1906, al establecerse en Francia de forma definitiva. Fue precisamente en 1906 cuando Proust abandonó la vida de los salones (en opinión de su biógrafo George D. Painter, cansado de la vacuidad de la cultura que representaban) y comenzó la escritura de En busca del tiempo perdido, parte de cuyo texto refleja la forma de vida y los personajes que conoció en ellos.

Aquel mundo cerrado languideció con el fin de la primera guerra mundial −un cambio de época−, aunque ya estaba herido por un hecho histórico que había conmocionado Francia unos años antes, pero cuyas consecuencias se prolongaron en el tiempo. Me refiero al Caso Dreyfus.

En 1894, Alfred Dreyfus, capitán del ejército francés de origen judío, fue acusado y condenado posteriormente por alta traición. El tiempo demostró la inconsistencia de la acusación, que sacó a la luz un inusitado antisemitismo social. Dreyfus fue finalmente rehabilitado en 1906, pero aquellos doce años que duró el caso dividieron de forma irremediable a la sociedad francesa entre partidarios y detractores del capitán, con el trasfondo de la cuestión judía de por medio, en lo que a veces se cita como origen del fascismo francés.

Como toda cuestión político-religiosa, el tema estaba presente en cualquier reunión o tertulia, con enconadas posiciones de unos y otros. Y esto, como no podía ser menos, también afectó al mundo de los salones. Aunque el barrio de Saint-Germain, de mayoría monárquica, nacionalista y católica, era profundamente antidreyfusista, los asistentes a aquellas tertulias elitistas −muchos de los cuales eran, además, judíos−, tenían una variada extracción política y religiosa, por lo que aquel fenómeno transversal enturbió el regular funcionamiento de sus reuniones y, a la larga, colaboró en su inevitable declive histórico, a manos de una burguesía culta que desplazó a la nobleza en el protagonismo de los círculos intelectuales.

En paralelo, los cafés empezaron a desbancar a los salones como espacio de reunión y tertulia y, como ocurría en Montparnasse, cada uno de ellos acogía a un grupo de asiduos. En realidad, el barrio de Saint-Germain no sustituyó a Montparnasse como lugar de moda hasta 1934 o 1935. Hasta ese momento: «El barrio de Saint-Germain-des-Prés no tenía ni por asomo el ambiente festivo de Montparnasse […] gustaba por su tranquilidad, por su encanto un tanto provinciano». Como reconoce Boris Vian, desde un punto de vista literario, la época dorada de los cafés se produjo entre los años veinte y el comienzo de la segunda guerra mundial: el Lipp, de 1920 a 1930; Les Deux Magots, de 1930 a 1938; el Flore de 1938 a 1946. En 1942, Jean-Paul Sartre definió su clientela: «el Flore, la literatura joven; el Deux Magots, los plumillas viejos; el Lipp, la política».

Cualquier lectura que se haga del Manual de Saint-Germain-des-Prés, deja en evidencia que no se trata de ninguna guía de turismo, no ya para la época actual sino incluso para aquélla en la que fue escrito. Que nadie espere ver en el Manual (término, ya de por sí, bastante alejado del concepto de guía), una recomendación de recorrido, visita a lugar o monumento alguno, porque, si algo se desprende del texto es la reivindicación de un espacio ciudadano crítico y una actitud y modo de vida que fueron objeto de un ataque furibundo por parte de algunos medios de prensa escrita. Por eso Boris Vian se dedica a mostrar lo que era y lo que no era el barrio de Saint-Germain, distanciándolo de los excesos de aquéllos a los que calificaba con desdén de “gacetilleros” que, como siempre ocurre en estos casos, intentaban meter en un mismo saco la filosofía existencialista, la distensión que se produjo con el fin de la ocupación alemana y la guerra, y el tipo de diversión nocturna que tenía lugar en algunos locales que aquéllos tildaban de antros de perdición.

Tras la liberación, mucha gente llegó a Saint-Germain atraída por la presencia, en los cafés, de intelectuales y artistas famosos. Ante aquel aluvión, muchos de ellos emigraron a lugares más íntimos y escondidos, situados en los sótanos o bodegas de algunos locales: las citadas cuevas.

Así que el Manual comienza con lo que llama “Hechos y mitos legendarios”, que consiste en una recopilación de recortes de prensa con los comentarios que determinados reporteros sin demasiados escrúpulos y la ayuda de fotógrafos faltos de ética, se dedicaron a publicar sobre diversos personajes conocidos y jóvenes desconocidos creando la imagen de un ambiente poco menos que corrompido de los lugares donde se reunían. Perlas como:

«Desde 1946 este barrio, hasta la fecha serio y tranquilo, se ha convertido en un lugar de encuentro de snobs ansiosos por degustar los placeres decadentes que auspician –Dios sabrá por qué− Jean-Paul Sartre y el existencialismo».

Un titular: «LAS CUEVAS EXISTENCIALISTAS ALBERGAN BACANALES EXTRAÑAS Y PELIGROSAS».

«Después de las cuevas-sótanos del Vaticano, llegan las de Saint-Germain-des-Prés. Ahí es donde los existencialistas, sin duda a la espera de la bomba atómica que tanto les gusta, beben, bailan, aman y duermen».

Confrontando esta visión apocalíptica, Boris Vian narra en un capítulo posterior titulado “Mitos y hechos reales”, lo que él considera la imagen veraz de aquel entorno, comenzando con el relato del origen, historia y anécdotas de los locales de reunión más emblemáticos y su respectiva clientela.

Como el caso del Lipp, frecuentado por escritores como André Gide, Raymond Queneau, el editor Gaston Gallimard o los pintores Francis Picabia o André Derain.

O Les Deux Magots, donde era posible ver a Gide, Derain y Queneau, quien ganó la primera edición del premio literario creado por el dueño del café, o a Jean Giraudoux, a Jacques Prévert, a Antonin Artaud, a Fernand Léger o a Pablo Picasso, como cuarenta años antes había sido posible ver a Verlaine, Rimbaud o Mallarmé.

O el Café de Flore, que no adquirió el aura de un auténtico café literario hasta la llegada de la guerra, del que Boris Vian cuenta que, hacia 1942, en cuanto el local abría sus puertas entraba un hombre que sistemáticamente se marchaba al mediodía y regresaba después de comer, hasta la hora del cierre. Con el tiempo todo el mundo supo que se llamaba Jean-Paul Sartre, y que lo que, en realidad, apreciaba del local era la existencia de una estufa; que los alemanes no aparecían por allí; y que había una parada de metro cercana. Lo que lleva al autor a afirmar, bromeando, que sin el Flore, Sartre no hubiera existido.

Pero, si Boris Vian destaca algún local de los muchos que hubo en Saint-Germain es el Tabou [Tabú] (33, Rue Dauphine), la cueva más famosa después de la liberación, diana de los que decían defender la moral y las buenas costumbres, cuyo éxito se debió en parte a su horario que permitía prolongar la noche a los noctámbulos que salían del Flore o del Bar Vert. A partir de 1946 empezaron a frecuentarlo Queneau, Sartre, Merleau-Ponty y Camus. Un año después, en 1947, Boris Vian formó allí una pequeña orquesta de jazz con sus hermanos, con quienes llegó a tocar Miles Davis. Junto a todos ellos era frecuente ver a Juliette Gréco, Yves Montand, Simone Signoret, Simone de Beauvoir o Jean Cocteau. Aunque sólo duró abierto un año, su nombre ha pasado a la leyenda de los clubs de jazz, Pronto, el ruido obligó a su cierre a medianoche, lo que supuso un nuevo éxodo de la clientela hacia otros locales del barrio, como el Club Saint-Germain-des-Prés, abierto en junio de 1948, por el que pasaron Duke Ellington, Charlie Parker o Coleman Hawkins.

De nuevo, la sola cita de los intelectuales, escritores, actores, músicos, cantantes y artistas que sentaron plaza en los numerosos cafés y clubs de Saint-Germain, da idea de lo que representó aquel entorno para los movimientos intelectuales y la cultura bohemia de mediados de siglo. A esto es a lo que se aplica Boris Vian en un capítulo específico del Manual que titula: “Florilegio y personalidades”, en el que, a modo de diccionario enciclopédico, traza una semblanza de todos aquellos que fueron protagonistas de ese momento. A continuación, hace lo mismo con las principales calles que albergaron aquel movimiento.

A lo largo del texto, Boris Vian quiere dejar claro que, aunque compartieron espacio y hasta un cierto ideario (lo que, como se ha dicho, aprovecharon los medios de prensa malintencionados para meterlo todo en un mismo saco y denostarlo como un conjunto), en realidad poco tuvo que ver el existencialismo de Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Maurice Merleau-Ponty, con la frenética actividad de otra mucha gente que pobló Saint-Germain y que describe en una sentencia con el tono del provocador que siempre fue: «beber, bailar y hacer el amor»… en ese orden.

Desde el punto de vista editorial, el Manual contiene dibujos y retratos a mano de muchos de los personajes citados y un plano en tres dimensiones, también realizado a mano, que complementa el texto y ayuda a situar los diferentes lugares que se describen en el libro.

***

El recorrido que iniciamos en Montparnasse toca a su fin, pero aún nos falta llegar al río como habíamos prometido. Desde el Boulevard Saint-Germain ¿por qué no hacerlo por la Rue de Seine, atravesar el arco que se abre al Quai de Conti, cruzar la calle y subir los escalones que dan acceso al Pont des Arts? Allí, quizá, «la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río» nos permita distinguir «una silueta delgada, detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua», silueta de un personaje que vivirá eternamente entre nosotros porque que alguien que descansa para siempre en el cementerio de Montparnasse decidió que allí mismo, en este punto final de nuestro recorrido, habría de comenzar su Rayuela.

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Natalia

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