Construir en tiempo de destrucción. RUE DE L’ODÉON, de Adrienne Monnier

POSTED BY   Natalia
18/10/2016
Construir en tiempo de destrucción. RUE DE L’ODÉON, de Adrienne Monnier

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Construir en tiempo de destrucción. RUE DE L’ODÉON, de Adrienne Monnier, por Fernando Alonso.

En palabras de Simone de Beauvoir, durante su época de estudiante la Rue de l’Odéon tenía la tranquilidad de un pueblo. Era una calle que frecuentaba para tomar libros en préstamo de una librería regentada por una mujer a la que veía conversar, con total naturalidad, con muchos personajes del mundo de la cultura que en ese momento a ella le parecían inaccesibles, mientras sus retratos tapizaban las paredes de la tienda.

Estamos en 1915, en plena Guerra Mundial, con la mayoría de los franceses movilizados, muchos de los cuales tuvieron que cerrar sus pequeños negocios, lo que trajo como consecuencia la bajada del precio de los alquileres. Es la época en la que una muchacha francesa de veintitrés años, que trabajaba en una revista académica situada en la margen derecha, vio la oportunidad de dar el salto a la otra orilla para cumplir el sueño de encontrase en el lugar y el ambiente en el que se movían los autores que más admiraba. Se trataba de Adrienne Monnier (1892-1955), una joven educada en el amor por los libros, que decidió montar una librería con la ayuda económica de su padre. Para hacerlo alquiló un local vacío situado en el nº 7 de la Rue de l’Odéon, donde fundó La Maison des Amis des Livres que abrió sus puertas el 15 de noviembre de 1915.

Durante 36 años, hasta su cierre en 1951, esta librería y su dueña sirvieron de inestimable apoyo para una parte significativa de la vanguardia intelectual francesa. Una librería que fue construida en tiempo de destrucción y sobrevivió a dos guerras mundiales, como recuerda la propia Adrienne Monnier.

A lo largo de su vida, Adrienne Monnier reunió recuerdos y escribió crónicas de la época y de muchos de los personajes que conoció en su labor de librera y editora. Aquejada de una dolorosa enfermedad, Adrienne Monnier se quitó la vida en París el 19 de junio de 1955. Todo este material se compiló tras su muerte, siguiendo sus deseos, con el título de Rue de l’Odéon, publicado en español por la Editorial Gallo Nero.

A través de las páginas de este libro asistimos al milagro de una historia que nació el día en el que, avergonzadas, ella y su colaboradora Suzanne Bonnierre sacaron a la puerta de la tienda un tenderete de libros y vendieron el primero a una anciana, y culminó cuando la librería se convirtió en el paso obligado de un grupo de artistas, escritores y músicos cuya enumeración abruma y todavía hoy constituye un hito en la historia de la cultura.

Desde el primer momento Adrienne Monnier tuvo la intuición de hacer de su librería algo diferente a todo lo conocido en París, iniciando un servicio de préstamo, con lo que tomó la forma de una librería-biblioteca. Además, la concibió como un espacio abierto donde la gente podía encontrar el ambiente propicio para entablar una tertulia sobre libros o dejarse aconsejar por su dueña sobre alguna lectura concreta. Ella misma describe el local: «Era una librería sin pinta alguna de tienda, sin que fuese nuestra intención; no podíamos ni imaginar que con el tiempo nos alabarían tanto por lo que a nosotras nos parecía precariedad e improvisación».

La historia de La Maison des Amis des Livres es la historia de la literatura francesa de vanguardia. En el libro, Adrienne Monnier va desgranado sus pasiones literarias y el retrato de los autores que participaron en aquel movimiento, y lo hace tanto en el plano personal como en el artístico; cómo y cuándo los conoció; cómo fue su relación con ellos y cuánto les debió, tanto como ellos le debieron a ella. Se traza así un recorrido histórico a través de sus amores literarios y de quienes hicieron de la librería su casa: Jules Romains, Paul Claudel, Guillaume Apollinaire, André Gide, Blaise Cendrars, Paul Valéry, Max Jacob, Louis Aragon, André Breton y tantos otros. Ella misma diría que «a partir de 1916 y 1917 nuestra librería sería frecuentada por cantidad de poetas en flor y cantidad de poetas en fruto».

Finalmente, el sueño de Adrienne Monnier se cumplió porque su librería honró el nombre de Casa de los Amigos de los Libros. Por allí desfilaron todos ellos con sus manuscritos, tanto los consagrados como los que empezaban su andadura, ya fuera para someterlos al juicio de Adrienne, para leerlos en medio de aquel público exigente o para intentar su publicación, en veladas donde se servían aperitivos y hasta se podía escuchar en vivo a Erik Satie, otro de los habituales de la casa. Además de lo que suponían estos encuentros, Adrienne Monnier editó dos revistas literarias: Le Navire d’Argent y la Gazette des Amis des Livres, de corta pero intensa vida, si consideramos su contenido y los autores que publicaron en ellas.

Al contrario de Gertrude Stein, Adrienne Monnier, con enorme humildad, no se atribuye otro mérito en aquel movimiento que el de su amor por los libros. Por ello habla con el mismo respeto de otros “salones” donde también se alentaba la cultura de vanguardia, como el taller Lyre et Palette en cuyas sesiones se reunían los grandes fauves [fieras] de la época y no sólo escritores, sino también músicos como Maurice Ravel, Claude Debussy, Georges Auric, Darius Milhaud o Arthur Honegger, y pintores como Pablo Picasso, Henri Matisse, Amedeo Modigliani o Gino Severini. Igual que las sesiones de Art et Action donde, además de representaciones teatrales, era posible escuchar composiciones de Francis Poulenc.

Entre las semblanzas que contiene el libro destacan algunas sobre poetas muy cercanos a ella, aunque sean menos conocidos entre nosotros, como Paul Fort, Léon-Paul Fargue, Pierre Reverdy o Valery Larbaud; como su relación y posterior alejamiento de la tríada que formaban Louis Aragon, André Breton y Philippe Soupault, con el relato del nacimiento y muerte de su revista Littérature, donde se publicaron los manifiestos dadaístas y el posterior manifiesto surrealista; el emotivo capítulo dedicado a Paul Valéry; el que cuenta la azarosa traducción al francés y posterior publicación de Ulises (que comienza a gestarse en 1920 y finaliza con la publicación definitiva en 1929); el capítulo de tinte tragicómico sobre la “liberación” de la Rue de l’Odéon, el 26 de agosto de 1944, por Ernest Hemingway, así como otros fragmentos dedicados a Rainer Maria Rilke, Samuel Beckett o Walter Benjamin.

Hay un aspecto en esta Rue de l’Odéon nada desdeñable para los amantes de la lectura en general y la poesía en particular, como es la relación de libros, autores y poemas concretos que cita Adrienne Monnier, a través de los cuales es posible seguir no sólo sus gustos personales sino, también, y no es poco, los de una época irrepetible en la historia de la literatura.

En la relación de nombres citados se habrá constatado una ausencia. Una ausencia que, de hecho, existe en el libro y que se refiere a otra mujer de la que habíamos prometido hablar en la primera entrega de este recorrido a propósito de París era una fiesta. Se trata de Sylvia Beach a la que Adrienne Monnier apenas menciona en Rue de l’Odéon. Quizá, el párrafo más largo que le dedica sea el siguiente: «También estaba Sylvia Beach. Esta joven estadounidense lucía un rostro original, de lo más atractivo. Hablaba francés con soltura, con un acento más inglés que americano; […] tenía mucho humor; mejor dicho: era el humor en persona. […] llevaba el pelo corto, y yo me lo corté al poco tiempo».

Desconozco la razón de este olvido en un libro de recuerdos como el que nos ocupa. Supongo que hay una explicación pero, en todo caso, resulta sorprendente. Y ello por dos razones: una, porque no se concibe la idea de hablar de la Rue de l’Odéon sin citar el otro polo de atracción de la calle en aquella época: Shakespeare and Company, la librería de Sylvia Beach, frente a La Maison des Amis des Livres, dado que tuvo una repercusión literaria e histórica similar a la de esta última; otra, porque ambas mujeres fueron amigas y colaboradoras en lo profesional desde el primer momento y, de hecho, compañeras sentimentales compartiendo durante muchos años el apartamento de Adrienne Monnier en el nº 18 de la misma Rue de l’Odéon.

Por eso, dentro del ámbito del paseo literario que estamos realizando, intentaremos suplir la voz de Adrienne Monnier con algunas notas sobre la norteamericana Sylvia Beach y su librería.

La primera relación de Sylvia Beach (1887-1962) con Francia se remonta a su adolescencia, ya que con 15 años se trasladó con su familia desde Nueva Jersey a París, donde vivió varios años hasta su regreso a Estados Unidos. Volvió de nuevo a Europa en 1915 y, a pesar de las presiones familiares en contra, fijó, definitivamente, su residencia en la capital francesa. Poco después, el 17 de noviembre de 1919, abrió Shakespeare and Company en el nº 8 de la Rue Dupuytren, trasladándola en 1921 al nº 12 de la Rue de l’Odéon, seis años después que La Maison des Amis des Livres, prácticamente, enfrente de ésta.

A pesar de esta circunstancia, nunca existió rivalidad profesional entre Adrienne y Sylvia, porque tanto ellas como sus librerías tenían características personales y de negocio que, al final, resultaron más complementarias que antagónicas.

En primer lugar Adrienne partía de una formación inicial superior (con estudios para el ejercicio de la enseñanza, nunca se dedicó a ella), mientras Sylvia fue más autodidacta; Adrienne tenía una componente de religiosidad y de misticismo mágico (leía las manos), que contrastaba con el agnosticismo pragmático de Sylvia; Adrienne «era una persona contemplativa», Sylvia, «puro nervio, incansable»; en sus formas exteriores, Adrienne, aun siendo más joven que Sylvia, siempre pareció mayor que ella, aunque sólo fuera por el atuendo un tanto aldeano con el que aparece en numerosas fotografías.

En cuanto a lo profesional, si se recuerdan los autores citados a propósito de La Maison des Amis des Livres, puede observarse que, en su gran mayoría, eran franceses –y poetas−. Sin embargo, la intención de Sylvia Beach al montar su librería fue prestar un servicio a los lectores ingleses y americanos que en ese momento residían o estaban de paso por París, a los que les resultaba difícil conseguir libros en su idioma. Puede decirse, entonces, que el público de La Maison des Amis des Livres era francófono mientras que el de Shakespeare and Company era prioritariamente anglófono.

Adrienne Monnier siempre defendió el valor de los libros por encima de la estima hacia sus autores. Sylvia Beach, por el contrario, se distinguió por su atención y deseo de ayudar a los lectores y escritores que frecuentaron su establecimiento.

Por alto que fuera su amor por los libros, Adrienne Monnier nunca perdió la visión de la librería como un negocio: «En nuestro oficio lo más difícil es conciliar la generosidad y la amabilidad […] con la preocupación por los intereses materiales, una preocupación que hay que tener si no se quiere perecer». Sylvia Beach carecía de esta visión comercial, lo que la ocasionó más de un disgusto económico. En este sentido, y a pesar de que Sylvia era cinco años mayor que Adrienne, fue esta última la que orientó y guió a Sylvia en todo lo referente al oficio de librera. En cualquier caso, ambas cimentaron su éxito en la vertiente intelectual y cultural de la actividad, más que en sus resultados comerciales.

Pero lo relevante es que la existencia en un mismo lugar de estas dos librerías que prestaban unos servicios totalmente novedosos en la capital francesa, hicieron de la Rue de l’Odéon (en la que, no se olvide, también estaba el Teatro Nacional), una de las calles más conocidas de París en los círculos intelectuales de la ciudad.

Shakespeare and Company se vio obligada a cerrar en diciembre de 1941 a consecuencia de la ocupación y ya nunca volvió a abrir sus puertas (*). La propia Sylvia Beach fue detenida bajo la acusación de enemiga extranjera. Quiere la leyenda que lo fuera por la negativa a vender a un oficial alemán un ejemplar de Finnegans Wake de James Joyce.

 

(*) Más allá del nombre y de su indudable interés cultural (y turístico), la actual Shakespeare and Company, en el nº 37 de la Rue de la Bûcherie −también en la orilla izquierda−, no guarda relación directa con la primitiva librería de Sylvia Beach.

***

Ahora debemos continuar con el paseo propuesto hasta el barrio de Saint-Germain, donde volveremos a encontrarnos a muchos de los escritores y artistas de los que acabamos de hablar. En realidad sólo necesitamos avanzar por la Rue de l’Odéon que, precisamente, desemboca en el Boulevard Saint-Germain, que constituye el eje del barrio que le da nombre.

  • Pincha aquí para leer la introducción al paseo literario por la rive gauche
  • Pincha  aquí para la reseña de París era un fiesta de Hemingway
  • Pincha aquí para leer la reseña de Manual de Saint-Germain-des-Prés de Boris Vian, publicado por Gallo Nero

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Natalia

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