Nunca salgas de viaje con una persona que no amas. PARÍS ERA UNA FIESTA, de Ernest Hemingway

POSTED BY   Natalia
18/03/2016
Nunca salgas de viaje con una persona que no amas. PARÍS ERA UNA FIESTA, de Ernest Hemingway

ernest-hemingwayNunca salgas de viaje con una persona que no amas. PARÍS ERA UNA FIESTA, de Ernest Hemingway, por Fernando Alonso

En 1956, durante una visita a París, Ernest Hemingway se alojó en el Hotel Ritz con su cuarta esposa, Mary Welsh. Allí le recordaron que treinta años antes, en 1928, había dejado en depósito dos cajas de documentos a su nombre. Entre ellos aparecieron numerosas libretas con apuntes sobre sus años vividos en París. A partir de estas notas comenzó un texto que sería su libro póstumo, escrito entre 1957 y 1960 a lo largo de diferentes estancias en Cuba, Estados Unidos y España, y que vería la luz tres años después de su muerte con el título A moveable feast, traducida al español como París era una fiesta.

En esa época Ernest Hemingway (1899-1961), nacido en Oak Park, Illinois, ya había alcanzado la cima de su éxito como escritor y el reconocimiento como personaje público, imagen que cultivó tanto o más que la de su talento literario, ya indiscutible: en 1953 había ganado el Premio Pulitzer por El viejo y el mar, y un año después le fue concedido el Premio Nobel.

El origen de la otra faceta de su personalidad, la del hombre de acción que siempre fue, quizá haya que buscarla en la herencia recibida de su padre que le educó en el deseo de una vida de aventura al aire libre. De hecho, su vida, en paralelo con la vocación literaria, siempre estuvo relacionada con actividades cuyo denominador común parecía ser el enfrentamiento del individuo con otros hombres o su entorno natural, donde eran necesarias grandes dosis de valor, esfuerzo y riesgo. Como tal hombre de acción y como periodista, Ernest Hemingway participó de forma activa en las dos guerras mundiales y en la guerra civil española. Tanto estas experiencias como sus otras pasiones: la fiesta de los toros, los sanfermines, el boxeo, las carreras de caballos, los safaris o la pesca de altura, supusieron una fuente directa de conocimiento para sus novelas y relatos. Pero con el paso de los años también le produjeron inevitables secuelas físicas que, quizá sumadas al exceso de alcohol, acabaron por mermar el vitalismo que había constituido una parte esencial de su existencia. Esto y el sentimiento de que su talento literario se estaba estancando le sumieron en frecuentes depresiones.

hemingwaySumido en este estado vio la posibilidad de aferrarse emocionalmente a un pasado que recordaba como una de las épocas más felices de su vida: la de sus inicios como escritor en París, con su primera esposa Hadley Richardson y su hijo “Bumby”. Como el ciudadano Kane, se aferró a su “Rosebud” particular, recordando con nostalgia los días en los que él y su pareja fueron «… muy pobres y muy felices», frase final del libro que, como otras, ha pasado a la historia de la literatura.

Ernest Hemingway llegó a París a finales de 1921, con 22 años. En realidad ya había estado allí durante la Gran Guerra. Enrolado voluntariamente en la Cruz Roja, fue herido en el frente italiano y posteriormente condecorado. En esta segunda ocasión lo hizo ya como corresponsal del periódico canadiense Toronto Star, llevando consigo algunas cartas de presentación de Sherwood Anderson, a quien había conocido en Chicago, quien le sugirió ponerse bajo la tutela literaria de Gertrude Stein. Ésta, desde el primer momento aconsejó al joven recién llegado que abandonara el periodismo (entonces su único medio de vida), para dedicarse por entero a su formación como escritor. Lo cierto es que comenzó a enviar relatos a diversas revistas para su publicación, con una aceptación limitada, que en modo alguno podía preludiar el nacimiento de un Premio Nobel.

París era una fiesta es, en realidad, un libro de memorias entreveradas de ficción, a partir de la reelaboración interesada de aquellas notas que había tomado muchos años antes. Con un aire de unidad, aunque esté construido en base a una secuencia de flashes, el libro tiene dos dimensiones: una, la del recuerdo de la vida y el día a día de sus seis años de estancia en París (1921-1926) en los que Hemingway intentaba hacerse un hueco como escritor, y otra, la disección del entorno literario que frecuentaba.

Quizá por eso el texto peque de irregular según el interés de las anécdotas o los personajes que retrata. Sin embargo, sobreponiéndose a esta discontinuidad narrativa, el conjunto se revela como un libro nostálgico sobre la felicidad del autor en aquellos días, a pesar de las dificultades económicas con las que tuvo que convivir.

Para quien conozca París, el entorno en el que se movió y describe Hemingway en este libro es el barrio de Montparnasse y los alrededores del Jardín de Luxemburgo, cercanos a lo que fueron sus dos residencias más conocidas: el nº 74 de la Rue Cardinal Lemoine y, posteriormente, el nº 113 de la Rue Notre-Dame-des-Champs. Desde ellas se dirigía cada mañana a su lugar de trabajo: La Closerie des Lilas, un café situado en la esquina del Boulevard Montparnasse y el Boulevard Saint-Michel, sin otras herramientas que una libreta, un lápiz, un sacapuntas y un cortaplumas. Eso y una castaña de Indias y una pata de conejo como talismanes de la buena suerte. Como dice en el libro, cada día escribía hasta que estaba seguro de haber encarrilado el relato que tenía entre manos, pero sin llevarlo más allá de ese punto para no agotar el pozo que lo alimentaba y le permitía continuarlo al día siguiente.

El texto alterna la descripción de lugares y gente común de la orilla izquierda con la de personajes literarios con los que mantuvo relación. Lugares que recorría a diario entre su casa y La Closerie: la Place de la Contrescarpe, la Rue Mouffetard, el Panteón, la Iglesia de Saint-Étienne-du-Mont. O el Jardín de Luxemburgo y su museo, donde era posible admirar obras de Cézanne, uno de sus pintores favoritos, que también podía contemplar en el salón de Gertrude Stein; la Rue de l’Odéon con las librerías más famosas de París en aquel tiempo: Shakespeare and Company y La Maison des Amis des Livres; gentes que poblaban el Barrio Latino, las orillas del Sena y la cercana isla de Saint-Louis. Y en capítulo aparte sus aficiones: los hipódromos y las apuestas, a las que era incapaz de renunciar a pesar de sus exiguos ingresos y que, en sus palabras, le acompañaban «como un amigo exigente», engañándose a sí mismo con la excusa de que a veces escribía sobre ello.

Pero lo que confiere al libro su dimensión histórica son las semblanzas que traza sobre determinados personajes del mundo literario, a los que dedica capítulos específicos del texto. Entre ellos, algunos nombres como los de Gertrude Stein, Sylvia Beach, Ford Madox Ford, Ezra Pound o Francis Scott Fitzgerald, aunque la primera y este último son en quienes Hemingway concentra su mayor interés.

De lo que significó Sylvia Beach para los autores anglófonos hablaremos en la próxima etapa de este recorrido; lo que supuso, en concreto, para Hemingway podemos deducirlo de una frase que le dedica en el libro: «Nadie me ha ofrecido más bondad que ella». Pero, en mi opinión, el interés literario que tiene el capítulo que dedica a su librería, Shakespeare and Company, reside en que nos da a conocer las lecturas que en aquellos años de formación como escritor ocupaban su tiempo, con libros conseguidos a duras penas por falta de dinero, aunque fueran a préstamo (gracias a la generosidad de su dueña). Así sabemos de su interés por los autores rusos: Turguéniev, Tolstoi, Dostoievski, Gógol y Chéjov, pero también por D. H. Lawrence.

Salvo en algunos de estos retratos, como el de Sylvia Beach o el de Ezra Pound, hacia los que Hemingway muestra un gran afecto, en el resto de ellos se mueve, según los casos, en un ambiguo territorio de admiración, envidia, burla o, incluso, desdén, en proporciones variables, aunque lo haga con la prosa sencilla y aguda que le caracterizó.

Gertrude SteinEn su pluma, Gertrude Stein (1874-1946), una de las primeras estadounidenses que se estableció en París, a donde llegó en 1903, aparece bajo la dimensión pública y social que acabó convirtiéndola en un personaje irrepetible del mundo artístico parisino de entreguerras.

Cuando Hemingway la conoció, Gertrude Stein tenía 47 años, veinticinco más que él, y su apartamento-estudio, situado en el nº 27 de la Rue Fleurus, junto al Jardín de Luxemburgo, era ya uno de los salones de tertulia artística más conocidos de la rive gauche; un salón selectivo que albergaba, además, una extraordinaria colección de pintura moderna. A este salón sólo se accedía por rigurosa invitación de su dueña que poseía un extraño carisma y una indiscutida autoridad artística sobre cuantos la rodeaban buscando un consejo o una frase de reconocimiento, ya fueran escritores, pintores o músicos.

La vida de Gertrude Stein no siempre había sido así: cuando llegó a París con 29 años, dejando atrás un desengaño amoroso con otra mujer, era una joven frágil a la que le costó asumir su inclinación sexual y sobreponerse a las reticencias de su entorno, no sólo por este motivo, sino también por sus postulados artísticos experimentales. La estabilidad emocional le llegó en 1910 de la mano de quien desde entonces fue su amiga, confidente, amante y secretaria, Alice B. Toklas, cuando ésta se mudó a la Rue de Fleurus y ya no la abandonó hasta el día de su muerte. A partir de ese momento, y de la mano de un notable egocentrismo, fue creándose a sí misma como el personaje que fue y ha pasado a la historia.

A lo largo de los capítulos que le dedica Hemingway en el libro, vemos a una Gertrude Stein armada de filias y fobias, pontificando sobre cuanto se pone a tiro, repartiendo vetos y consejos de lectura al propio autor, quien dice de ella que «llegó a parecerse a un emperador romano». Fue la propia Gertrude Stein quien tomó prestada la expresión “generación perdida” para referirse a un grupo de escritores americanos marcados por la primera guerra mundial, que vivieron en la Europa de los años 20 hasta la Gran Depresión. Entre ellos, el propio Hemingway, John Dos Passos, Francis Scott Fitzgerald, William Faulkner o John Steinbeck.

Haciendo gala del anti-intelectualismo del que presumía su autor, París era una fiesta es un texto divertido, plagado de comentarios irónicos sobre distintos personajes: como el capítulo dedicado a Ford Madox Ford, el escritor inglés de estilo y porte victorianos −aunque vanguardista como editor−, con quien Hemingway sostiene un hilarante diálogo, o el de Ezra Pound, a propósito de su Bel Esprit y su apoyo a la causa de T. S. Eliot, objeto de una burla indisimulada. Pero por su extensión, mordacidad y tono literario hay que destacar los capítulos sobre Scott y Zelda Fitzgerald.

Scott FItgerald y ZeldaCuando Hemingway conoció en París a Scott Fitzgerald (1896-1940), éste era un escritor algo mayor pero, sobre todo, con más experiencia que él. De hecho, ya había escrito su obra maestra, El Gran Gatsby (1925), y tenía un nivel económico y un nombre de los que carecía Hemingway. Pero en el libro, además del reconocimiento de la valía literaria de Scott Fitzgerald, nos presenta al escritor y su pareja despojados de la hermosa aureola que parecía acompañarlos, en un retrato a la vez cómico y dramático, pero también inmisericorde. Considerando todos los capítulos del libro, el que narra el episodio del viaje de ambos escritores de Lyon a París quizá sea lo mejor del texto y es, en sí mismo, un extraordinario relato con más ingredientes de ficción que de memoria; sin olvidar el divertido capítulo dedicado a la medición de la virilidad de Scott Fitzgerald en el Louvre.

Años después, de la misma forma que Gertrude Stein alardeaba de haber enseñado a escribir a Hemingway, Scott Fitzgerald lo hacía de haberlo descubierto como autor.

Durante los tres años que tardó en escribir París era una fiesta, Ernest Hemingway se agarró a sus recuerdos como a una tabla de salvación en medio de la crisis depresiva que atravesaba. No fue suficiente: un año después de terminar el texto, el 2 de julio de 1961, se suicidó en su casa de Ketchum, Idaho, descerrajándose un tiro en la boca con su escopeta favorita. Nunca vio publicadas estas memorias.

***

Ya es tiempo de continuar nuestro paseo, descendiendo desde La Closerie des Lilas. Lo haremos, como tantas veces lo hiciera Hemingway, atravesando el Jardín de Luxemburgo, dejando a nuestra izquierda el estanque central, en cuyo perímetro se sientan a tomar el sol los parisinos, y a nuestra derecha la Fuente de los Médici con su efecto óptico de agua inclinada. Al fondo, frente a nosotros, el Palacio de Luxemburgo, sede del Senado francés. Si salimos del parque por el lado del palacio, cruzamos la Rue Vaugirard y rodeamos el Teatro Nacional, llegaremos a una calle que quizá hoy no despierte en nosotros emoción alguna, pero que hace un siglo albergó un mundo mágico: “Odéonia”, el mundo que crearon Adrienne Monnier y Sylvia Beach, dos mujeres extraordinarias de las que hablaremos en la siguiente etapa de este recorrido.

Continuará…

  • Pincha aquí para leer la introducción al paseo literario por la rive gauche
  • Pincha aquí para leer la reseña de Rue de l’Odéon de Adrienne Monnier, publicado por Gallo Nero
  • Pincha aquí para leer la reseña de Manual de Saint-Germain-des-Prés de Boris Vian, publicado por Gallo Nero

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Natalia

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