Vida y moral provincianas en la Inglaterra del XIX. MIDDLEMARCH, de George Eliot

POSTED BY   Natalia
13/11/2015
Vida y moral provincianas en la Inglaterra del XIX. MIDDLEMARCH, de George Eliot

george-eliot-middlemarchVida y moral provincianas en la Inglaterra del XIX. MIDDLEMARCH, de George Eliot por Fernando Alonso.

Siempre he asociado los novelones a las vacaciones de verano: una época en la que uno se puede demorar en una única e intensa lectura que llena buena una parte del tiempo disponible. A ello debo el conocimiento de algunas obras que de otra forma se me hubieran eternizado. Así tengo en la memoria el verano Bovary, el verano Swann, el Karenina, el Rojo y Negro y tantos otros.

Este último ha sido el de Middlemarch (1871-1872), para algunos la mejor novela escrita en idioma inglés. Su autora, Mary Anne Evans, es conocida como George Eliot (1819-1880), pseudónimo masculino que utilizó para publicar su obra narrativa.

Al contrario de lo que cabría esperar en una mujer de su época –la era victoriana-, George Eliot recibió una sólida formación cultural, a partir de la cual, abandonadas las iniciales creencias religiosas, su pensamiento derivó hacia el racionalismo. En 1841 se instaló con su familia en Coventry y entró en relación con algunos círculos intelectuales de gran influencia en su ideario, situado en la estela del positivismo de Comte y Spencer. En sus comienzos literarios fue subdirectora de la Westminster review e incluso se dedicó al trabajo de traducción, realizando, entre otras, las traducciones de la Ética de Spinoza y La esencia del cristianismo de Feuerbach, lo que da idea de su erudición.

Dentro de la gran tradición narrativa inglesa escrita por mujeres, que se extiende entre Jane Austen y Virginia Woolf, George Eliot ocupa un lugar destacado por la solidez intelectual de sus obras, y en concreto de Middlemarch, de la que la propia Virginia Woolf llegó a reconocer que «era una de las pocas novelas inglesas escrita para adultos». Desde el primer momento, George Eliot quiso distanciarse del estilo romántico que practicaban muchas novelistas de su época, razón, entre otras, por la que adoptó un pseudónimo masculino, en un intento de ser tomada en serio como escritora. Sobre el tema, es conocido su ensayo crítico Las novelas tontas de ciertas damas novelistas.

Ambientada en las Midlands inglesas, en el primer tercio del siglo XIX, Middlemarch tiene el elocuente subtítulo de Un estudio de la vida en provincias y, en su génesis, fue el resultado de fusionar dos proyectos narrativos que la autora tenía iniciados sobre la vida de otras tantas familias inglesas en una pequeña ciudad como la que da título al libro. De acuerdo con su editor, la obra quedó dividida en 8 libros, que facilitaron la publicación mensual y sucesiva del texto, entre 1871 y 1872. Dos años después se publicó ya en un tomo único, manteniendo la estructura interna de libros, con una gran acogida de público.

El argumento se mueve alrededor de varias parejas de diferente extracción social, formadas por hombres y mujeres con un proyecto personal que nada tiene en común, lo que acabará condicionando su vida matrimonial. Es, en concreto, sobre tres de estas parejas sobre las que se fundamenta la trama. A ellas hay que sumar un importante número de personajes secundarios que forman parte del complejo de relaciones sentimentales, familiares y sociales de la narración.

En una novela como ésta, hablar de personajes secundarios sólo es una convención, porque todos ellos son básicos en el desarrollo de los acontecimientos. Por eso mismo resulta difícil identificar al protagonista de la historia, salvo por el hecho de que es la propia autora la que parece querer asignar este papel a una de las mujeres, Dorothea Brooke, a quien, en un preludio de la novela, compara con el personaje de Teresa de Ávila por el carácter que la impulsa a mantener sus convicciones contra viento y marea. Se ha dicho que en este personaje se ven reflejados algunos rasgos vitales de la propia George Eliot.

Pero, seguramente, casi todos los lectores acabarán conviniendo en la importancia de dos de los personajes: la citada Dorothea Brooke y un médico, el Dr. Tertius Lydgate, que serían quienes sustentan, no tanto el hilo narrativo -que se bifurca en numerosas subtramas-, sino el pensamiento central de la novela, como es el choque de unas mentalidades movidas por el idealismo y el deseo de cambio, contra un entorno provinciano que se aferra a la tradición y da la espalda al progreso, al que ven como una agresión a su estabilidad familiar y social.

Siendo también una historia de iniciales elecciones sentimentales y matrimoniales, la novela plantea desde el primer momento objetivos mucho más ambiciosos que los que en su día representaron las novelas de Jane Austen o las hermanas Brontë. Porque sin dejar de ahondar en el análisis psicológico de los protagonistas, con una agudeza –y una prosa- que en ciertos momentos recuerda la que pocos años después desarrollaría Henry James, George Eliot enmarca su historia en el conjunto de cambios sociales y políticos que vivió la Inglaterra de aquellos días. Por ello, Middlemarch se sitúa en un cruce entre la novela psicológica y la novela social.

Y, así, por su texto van desfilando temas como la consideración que en esa época se tenía de las distintas profesiones: unas nobles como la carrera eclesiástica, otras dudosas como la medicina; la ya, entonces, reconocible fuerza mediática de los periódicos; la influencia de los banqueros y su poder sobre el entorno; las tensiones entre clases, centradas entre terratenientes y arrendatarios; la controvertida revolución industrial, caracterizada aquí por la llegada del ferrocarril; la lucha ente tradición e innovación científica; la situación de la iglesia reformada en un entorno en el que los clérigos luchaban por conseguir una renta digna; la política del momento, con leyes como el Acta de Emancipación católica de 1829 o el Acta de Reforma electoral de 1832, que dividieron a la sociedad inglesa de aquellos días.

En medio de este entorno provinciano se mueven familias, parejas y personajes memorables pertenecientes unos a las fuerzas vivas de Middlemarch: los grandes propietarios, el alcalde, el banquero, comerciantes metidos en política, el estamento médico y los clérigos; aunque también a las clases humildes, las comadres chismosas y las clases trabajadoras.

George Eliot fue, como se ha dicho, una mujer de notable cultura, talla intelectual e independencia de criterio, lo que refleja en sus novelas y muy especialmente en Middlemarch. Su prosa es accesible aunque, a veces, las largas frases encadenadas la hagan puntualmente compleja. Por otra parte, el texto contiene un buen número de reflexiones de la autora/narradora, siempre agudas y en muchas ocasiones trufadas de ironía inteligente. Con el conjunto de sus sentencias y opiniones se podría llenar una libreta de citas. A diferencia de muchos autores en los que esas digresiones ensayísticas lastran la narración, en el caso de George Eliot están imbricadas en la historia con tal extensión y pertinencia que no sólo fluyen sin problema en medio de extraordinarios diálogos, sino que, muy al contrario, dotan al texto de una notable profundidad y riqueza literarias.

En Middlemarch no hay personajes simples: todos están caracterizados y dibujados de manera vigorosa. Seguir sus pensamientos y sus acciones es seguir un emocionante vuelo de frases de construcción precisa y enorme belleza estilística. En paralelo, a lo largo del texto asistimos a la lenta pero implacable transformación de todos ellos. Pero, además de los personajes físicos, se puede considerar que el propio pueblo de Middlemarch constituye en realidad otro personaje más de la novela, por cuanto condiciona la vida de todos ellos en el ejercicio de su conservadurismo provinciano.

Anteriormente he hablado de subtramas porque, como se ha dicho, la novela se articula sobre la vida de varias parejas erróneas que sufrirán los efectos de su elección, tanto si ésta está basada en un idealismo sin límites, como si lo está en un superficial deseo de ascenso social. Ejemplo del primer caso sería la formada por Dorothea Brooke y Edward Casaubon, y del segundo la formada por el Dr. Lydgate y Rosamond Vincy. Ambas provienen de diferente estrato social y, de hecho, sus vidas discurren alejadas entre sí hasta que las circunstancias los ponen en relación muy entrada, ya, la novela, con la aparición de otros personajes que los desestabilizarán emocionalmente. En esta estructura se adivina la comentada génesis de la novela, nacida a partir de dos historias diferentes.

Después del éxito obtenido en la época de su publicación esta novela pareció caer en un cierto olvido del que fue rescatada de nuevo en los años setenta del siglo XX, entre otras causas, por la irrupción social del feminismo. Tema de cierto interés en razón de las dudas que ha suscitado el carácter feminista de George Eliot, con opiniones encontradas. Porque, aunque quizá su vida fue un ejemplo de rebeldía feminista (nunca se llegó a casar -en plena época victoriana- con el hombre con el que compartió su vida hasta que falleció, casándose, posteriormente, poco antes de su muerte, con un hombre veinte años menor que ella), se le achaca que sus obras no abandonen, en el fondo, cierto aire convencional, como muestra el propio final de Middlemarch, que sorprende teniendo en cuenta el inicial idealismo e independencia de sus personajes principales.

Desde el punto de vista de la crítica, con escasas objeciones (alguna, bien es cierto, del propio Henry James), Middlemarch es reconocida como una de las grandes novelas inglesas y, sin duda, una de las mejores novelas del siglo XIX; razón más que suficiente para constituir una lectura obligada para todo amante de la literatura.

De ella existe una extraordinaria versión de la BBC para televisión, en siete capítulos, realizada con el rigor y el cuidado que la cadena inglesa suele poner en las adaptaciones de sus clásicos.

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Natalia

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