Una propuesta de traducción es un currículum con brillo

POSTED BY   Natalia
15/03/2017

No hay como reírse leyendo los avatares de un traductor, y es que Quique Maldonado  hace las cosas en serio pero riéndose. Consigue que parezca fácil, textos que muchos rechazarían alegando falta de tiempo. Y es que hay que ser de una pasta especial para traducir a un antillano, a un proxeneta y a un borracho al que se le aparece Thoreau en una laguna.
Quique es de verbo rápido y en esta entrevista habla de la profesión, da consejos a aquellos que quieren abrirse camino y sobre todo deja entrever la pasión que pone a cada cosa que hace, desde las propuesta de traducción, hasta empaparse de los catálogos de las distintas editoriales, hasta vender libros en una caseta, incluso, ya veréis, contestando a nuestras preguntas.

Tendremos la suerte de que cierre el club de traducción de este curso lectivo con una charla sobre las peculiaridades lingüísticas de los hablantes.

 

Billar de letras: ¿Existe la especialización dentro del campo de la traducción literaria? ¿O es más bien, que después de traducir cierto tipo de obras es más fácil que los editores te busquen para trabajar en otras similares?
Quique Maldonado: A ver, empecemos  por el principio: yo acabo de llegar. Llevo unos años traduciendo literatura, pero son pocos y claramente insuficientes. Me halaga el interés, ¡una entrevista! Pero mis respuestas serán más intuitivas que otra cosa.
Y así, a esta pregunta solo puedo responder desde mi experiencia personal, que es muy limitada. La traducción literaria ya es una especialización en sí. Apostar por la peor pagada de las traducciones ya es demostrar ganas de especializarse… Si además hay que especializarse dentro de la literatura… uf, no sé. Me consta que hay compañeras (utilizaremos el femenino, que esta es una profesión dominada por las mujeres) que están especializadas en determinados géneros. No obstante, entiendo que esto solo puede pasar con el inglés. Una traductora de polaco especializada en novela policiaca…

Yo no me siento especializado en absoluto. Otra cosa es que cuando un editor plantea la posibilidad de traducir un texto difícil, por el humor, por la jerga…, uno diga que sí, el editor quede satisfecho y le cuente a sus colegas que sabes hacer textos difíciles. Pero yo he hecho un poco de todo (poco, insisto).

De cualquier forma, y si somos sinceros, es muy difícil que una traducción descolle, que los editores conozcan tu trabajo y les impresione hasta el punto de llamarte sin conocerte de nada. Este es un sector con un número limitado de actores y, por el contrario, un volumen de publicaciones inabarcable. En resumidas cuentas, que si una editorial te llama es porque alguien ha hablado bien de ti, no porque seas el especialista que están buscando. O eso he visto yo hasta ahora…

 

Billar de letras: Has vivido en Beijing y sabemos que eres coautor de un manual de frases de chino y español, ¿estudiaste chino? ¿Lo traduces?
Quique Maldonado: Ay, Pekín… Lo echo mucho de menos. Pero no, no estudié chino ni puedo traducir  del chino, ni de lejos. Pekín fue siempre un lugar temporal. Me fui a pasar un par de meses y le dije a mi madre: «Tranquila, que en enero vuelvo». Pero de pronto me encontré en el centro del mundo, en una ciudad que cambiaba a ojos vistas y donde surgían propuestas laborales maravillosas como de la nada. Y fui prolongando de forma un tanto inconsciente la estancia. La pobre de mi madre tuvo que esperar siete eneros…

Pero como todo era temporal y yo era completamente consciente de la dificultad del chino, nunca me puse a estudiar en serio. Desde mi perspectiva de traductor, una lengua es una herramienta de trabajo y hay que medir el esfuerzo que uno dedica para hacerse con ella. Yo sabía que requeriría muchos años de esfuerzo, con dedicación exclusiva, poder traducir del chino, y como Pekín no era más que un lugar de paso, nunca me decidí a apostar por la lengua. Siete años después pensé que quizá había sido un tanto estúpido, debería haberlo aprovechado mejor, pero aprendí muchísimo de China, y fui muy feliz allí, aunque no me llevara el chino a mi currículum.

El manual es algo que hice trabajando en el Instituto Cervantes. Fue un trabajo en equipo, donde mis responsabilidades eran más de coordinación y de naturalización de las frases en español, evitar (y no siempre es uno consciente) incluir expresiones que nadie utiliza o que pusieran en duda el estatus económico de mi sastre…

 

Billar de letras: Vemos en tu currículum que trabajas a menudo con editoriales independientes ¿Te sientes más cómodo con ellas? ¿Por qué?
Quique Maldonado: Bueno… Me temo que tenemos que volver al principio. Yo soy un recién llegado. He trabajado con pocas editoriales. Y son todas independientes (con todas las dificultades que el término independiente conlleva). ¿Por qué solo trabajo con independientes? Porque son las que me dan trabajo. Ahora bien, ¿me siento cómodo con ellas? Me siento comodísimo. Porque hay una relación personal, porque subo a Madrid y nos tomamos unas cañas, porque participan de forma desinteresada en mis talleres de lectura en Úbeda y Granada. Porque me quieren y yo a ellos. Porque en las situaciones más difíciles, te llaman  y te dicen: «¿No estarás traduciendo, verdad? Olvídate del libro y dedícate a lo importante». Y eso no se olvida.

 

Billar de letras: ¿Son parecidos los plazos de traducción entre un gran grupo editorial y una editorial independiente?
Quique Maldonado: Pues no sabría decirte. Pero estoy deseando poder responder a esta pregunta.

 

Billar de letras: ¿Qué crees que es más importante a la hora de ser un buen traductor literario: dominar la lengua de destino o tener cierta sensibilidad literaria en la lengua materna?
Quique Maldonado: Para mí no hay duda: lo verdaderamente relevante es el texto final. Nadie compara con el original, nadie dice: «Claro, este párrafo no se entiende porque el original es confuso». Y por supuesto, es mucho más importante tu habilidad con tu lengua materna que tus conocimientos de la lengua extranjera. Si no sabes algo, lo buscas. Internet nos hace la vida muy fácil. Quizá hace cincuenta años fuera impepinable tener un nivel altísimo de lengua y cultura extranjera, pero hoy no es así. De hecho, podemos (y lo hacemos de forma consciente o inconsciente) valorar traducciones de lenguas de las que no sabemos ni una palabra. Y lo que valoramos es el uso del español. Y también te digo una cosa, lo tenemos siempre todo por aprender. En cuanto a lengua y cultura extranjera, pero también en nuestra propia lengua. Y en un trabajo tan solitario no es fácil. Siempre hay un verbo más preciso o más idiomático que el que hemos utilizado en una traducción. Ese es el perfeccionamiento que tenemos que buscar, eso hará mejor nuestro trabajo. Y para ello hay que dejar de lado el ego y aprender de los correctores y editores. Aprender y tomar nota. Si en una corrección nos señalan algo, es posible que el corrector no acierte en el problema, pero el problema existe, un lector privilegiado (como es el editor o el corrector) se ha detenido a revisar una oración. Y eso es porque no funciona.

No obstante, no estoy diciendo que la lengua y la cultura del texto original no sean relevantes, ni mucho menos, pero con eso no basta y, sobre todo, no es lo que después se va a poder valorar de tu trabajo.

 

Billar de letras: ¿Crees que es importante que un traductor conozca las herramientas técnicas y los recursos estilísticos con los que trabaja un escritor? ¿Qué te parecería que en las facultades donde se enseña traducción literaria se dictara una asignatura de técnicas narrativas?
Quique Maldonado: El traductor es un lector privilegiado: puede (y debe) dedicarle tiempo suficiente a la obra para desmontar su complejidad, las estrategias narrativas del autor, los engranajes que hacen que la maquinaria funcione. Para mí esta lectura atenta (que se consigue con muchas lecturas, con muchas revisiones de la traducción, en definitiva) es esencial. Y esto se consigue con tiempo y leyendo. Y leyendo y leyendo. Cuando oigo a compañeras decir que no tienen tiempo para leer, me llevan los demonios…, aunque quizá me estoy yendo por los cerros de mi pueblo.

A traducir se aprende traduciendo, pero en las facultades, o al menos esa fue mi experiencia cuando me licencié en Granada, nos ofrecen la posibilidad de acelerar ese aprendizaje. En las facultades de Traducción se enseña (o se debería enseñar) a dudar, se plantean preguntas que son más importantes que las respuestas. Yo no solo aprendí a solucionar problemas, aprendí a detectarlos. Y esa es la clave.

De igual modo, la existencia de asignaturas de técnicas narrativas en las facultades de Traducción e Interpretación aceleraría ese aprendizaje que se consigue a través de la lectura. Y podría ser muy productivo, qué duda cabe. Si nos enseñan cuáles son las piezas habituales de la maquinaria, nos será mucho más sencillo encontrar los resortes y desmontarlos para volverlos a ensamblar en nuestra lengua materna.

No obstante, hasta donde sé, las facultades de Traducción no están muy convencidas de dedicar asignaturas a la traducción literaria (ellos sabrán cuáles son los motivos para esta actitud…), por lo que una asignatura de técnicas narrativas… Ojalá.

 

Billar de letras: Traducir Boston, sonata para violín si cuerdas de Todd McExen y Solos en Londres de Sam Selvon, ambos publicados por Automática, hace pensar que su editor, Darío Ochoa de Chinchetru, o te tiene manía o confía mucho en ti , porque hay que ver la dificultad que ambas novelas entrañan de cara a la traducción. ¿Cuál de ellas te dio más problemas a la hora de traducirla?, ¿por qué?
Quique Maldonado: Darío es un gran amigo, es familia. De hecho, yo estoy aquí porque él se empeñó en darme trabajo y en convencer a otros editores de que hicieran lo mismo. He contraído con él una deuda eterna de gratitud. Y sin embargo, a ratos es mi «enemigo íntimo»…

Boston fue mi segunda traducción (a veces Darío me lo recuerda: «¿¡Te dimos Boston a la segunda!?»). Y fue todo un reto, pero estas pruebas de fuego te carbonizan para siempre o te salvan. Y el libro funcionó. Y funcionó porque fue arriesgado, porque fuimos fieles al espíritu y a los riesgos que asumía la obra original. Fueron meses difíciles… Boston requería, entre muchas otras cosas, una multitud de voces diferenciadas. No es que un personaje hable mal, sino que todos hablan distinto y tienen que ser reconocibles. Por no hablar de dos páginas completas escritas por un borracho…

     Solos en Londres era, sencillamente, un problema en sí misma. El narrador es un emigrante antillano en Londres y utiliza una lengua propia que en todo momento es reconocible como la de un hablante extranjero. Y había que ser fieles al autor. Y con fidelidad no me refiero a la literalidad del texto, sino todo lo contrario. Ser fieles al texto de Sam Selvon significaba dotar de una lengua propia a todo el texto. Y, no sé si lo conseguimos, pero el trabajo fundamental era de sistematización: decidir qué usos (o quizá abusos) gramaticales se iban a utilizar y mantenerlos a lo largo de todo el texto. La dificultad no era que hablaran mal (desde un punto de vista normativo, en Solos en Londres no se habla mal, ni mucho menos), sino que sus usos tuvieran coherencia y también cohesión.

Es un gustazo hacer este tipo de textos, aunque sean poco rentables porque requieren mucho más tiempo que textos más sencillos, aunque sueñes con ellos (literalmente con Boston: sonata para violín sin cuerdas). Son retos que siempre agradeceré a mi «enemigo íntimo» haberme planteado. Y no sé decir cuál es el más difícil, una vez alcanzado el superlativo no es posible la gradación.

 

Billar de letras: Como hemos comentado, parece que te hayas especializado en la traducción de hablas o dialectos del inglés, ¿cómo se “estudia” eso? Por ejemplo, ¿cómo trabajaste con Boston? ¿Enviaste varias propuestas de traducción al editor hasta dar con la que se ha publicado o directamente decidiste tú mismo por dónde tirar en una novela donde algunos de los personajes no hablan un inglés correcto?
Quique Maldonado: Que no, que no, que yo no me he especializado en nada. De hecho, los usos en Boston, en Solos en Londres o en Pimp (Capitán Swing) son diametralmente opuestos. Uno no puede estar especializado en dialectología de Nueva Inglaterra, lenguas criollas antillanas y usos del lumpen de Chicago en los años cuarenta. Y parte de mis inseguridades como traductor (esto da para un libro: Como ser traductor y no morir de miedo e inseguridad en el intento, próximamente en su librería favorita, edita Terremotos en Babel); perdón por la digresión, decía que parte de las inseguridades tienen que ver con esta imposibilidad de especialización. Yo no sabía nada de los angloparlantes caribeños antes de ponerme a trabajar con Sam Selvon. Era toda una responsabilidad dar voz a una comunidad tan ajena. Y, como comprenderás, este trabajo no está pagado como para hacer una tesis doctoral. Si le dedico años a investigar esto, ¿de qué como?…

Así que no, no hay especialización posible. Lo que supongo que hay es cierta valentía (¿temeridad, quizá?). Hay en obras donde si no coges el toro por los cuernos, estás haciendo solo media traducción, no estás siendo fiel al original, porque la forma tiene tanto valor como el contenido, porque el autor se ha esforzado para que sus personajes, o su narrador, tengan una voz diferenciada.

Y genera mucha inseguridad, repito. Pero yo recuerdo que a Darío Ochoa, con Boston, le decía: tenemos que ser valientes. Si no vamos a arriesgarnos en la traducción, mejor no lo publicamos, porque nos estamos cargando el libro al «suavizar» el estilo del autor (en Boston es que además de usos particulares, la puntuación era deliberadamente caótica, de hecho puntuamos y despuntuamos el texto varias veces…).

Y una forma de superar esas inseguridades, esos miedos, es hablar con el editor (si este se deja, claro, que no siempre es el caso). Con Boston yo tenía a Automática al tanto de lo que estaba haciendo, de hecho, les mandé una parte del texto, para que me confirmaran que querían seguir por ahí, porque lo que no tenía ningún sentido era romperse la cabeza para después acabar «suavizando» el texto. Boston es resultado de un esfuerzo colectivo, como casi todo en esta vida (aunque se empeñen en convencernos de lo contrario). La editora y traductora Lucía Barahona descubrió el texto, Automática apostó por él, yo lo traduje, sí, pero sin dejar de hablar con ellos, explicando qué hacía y por qué. Darío y yo corregíamos por Skype a grito limpio, pero es que no había decisión sencilla. Es un lujo poder trabajar así, en contacto directo y continuo con la editorial. Y alguna anécdota graciosa deja…

Con Solos en Londres pasó algo parecido. Antes de firmar los derechos con los herederos de Selvon, Automática sabía cómo iba a enfocar yo la traducción, ya tenían unas cuantas páginas esbozadas. Les dije: «Así veo yo que se puede hacer», y mi enemigo íntimo respondió: «Je je, las vas a pasar canutas».

 

Billar de letras: ¿Eres partidario de que el nombre del traductor aparezca en la portada del libro?, ¿y de que aparezca una breve biografía?
Quique Maldonado: Da gustito, la verdad. Y en libros como los que estamos comentando es cierto (siempre lo es, pero en estos aún más) que no estás leyendo el original, que, por así decirlo, Enrique Maldonado Roldán está sentado a tu lado en el sofá (no diremos en la cama, que estamos en horario infantil) y es él quien te está leyendo el libro. Se podría haber hecho de muchas formas y esta vez se ha hecho así. Por lo que sí, el texto en español es fruto de un autor y un coautor/traductor. Pero no me tiro de los pelos cuando no aparece. Creo que esa posición en segundo plano, entre bambalinas, es muy cómoda para el traductor, no tienes que hacer giras de presentación, nadie busca en el texto referencias veladas a tus trastornos infantiles…, eres fundamental pero a la vez transparente, translúcido más bien. Ahora, la invisibilidad del traductor es algo que no deberíamos permitir. Y creo que ya no somos invisibles. Nuestros nombres aparecen cada vez con más frecuencia en portada y, cuando no es así, abres la primera página y ahí está: «Traducción y notas de…». Que nosotros también tenemos nuestro corazoncito (y nuestro ego, oiga).

Lo de la biografía… Es que me da un poco de vergüenza, ya te digo, yo estoy muy cómodo en segundo plano. Y no tengo muy claro que mi biografía interese…

 

Billar de letras: ¿Qué opinas sobre las asociaciones profesionales de traducción como ACE Traductores? ¿Son necesarias?
Quique Maldonado: Yo soy muy favorable al asociacionismo, y más en un mercado  laboral cada vez más fragmentado y debilitado. El caso de los traductores es paradigmático: trabajamos solos, somos autónomos y negociamos individualmente con nuestros «patronos». La unión hace la fuerza.

Hay un pero, no obstante. Yo no soy miembro de ninguna asociación y ando un poco despistado habitualmente, tampoco me relaciono mucho con mis compañeras. Mea culpa. Pero a veces se nos olvida que el libro pasa por muy malos momentos y que aquí no se trata de defender lo mío sino el bien común. Y el libro es un bien común. Tiene que serlo y hay que defenderlo. Y estamos todos en el mismo barco: autores, editores, traductores, ilustradores, libreros, bibliotecas... Si el barco se hunde nos vamos a hartar de agua todos. Y la sociedad va a pagar un precio altísimo, que en parte ya estamos pagando, no nos engañemos. Así que, en la situación actual de urgencia, porque esto es una urgencia, tenemos que remar todos en la misma dirección (bueno, aunque hay editoriales que saben muy bien hacia dónde reman y conciben el libro únicamente como una mercancía, no como un necesario bien común).

A lo que voy es a que necesitamos una visión de conjunto y a que yo preferiría que actuáramos como sindicato en un sentido amplio y no como colegio profesional. A veces anteponemos nuestros intereses al bien común. Un ejemplo sería la presión para que las bibliotecas nos paguen a los traductores por cada préstamo de una de nuestras obras. Si las bibliotecas no le interesan a nadie, si llevan años sin recursos, ¿qué les vamos a pedir? Las bibliotecas son fundamentales y tenemos que reflotarlas, tenemos que exigir que tengan medios, económicos pero también humanos, que el personal esté formado, que sepa de literatura, que pueda ejercer de prescriptor en una sociedad huérfana de prescriptores y asediada por la publicidad. Que compren fondos, que monten clubes de lectura, que tengan a todo el mundo leyendo… Y entonces, cuando las bibliotecas salgan del estado comatoso en el que están, pensamos si nos tienen que retribuir a los traductores y a los autores por los préstamos. Hoy la lucha es otra. Hay que estar con las bibliotecas, no pedirles lo que no tienen. Hay que conseguir que nuestros Gobiernos (¡liderados por personas que se vanaglorian de no leer!) apuesten por la educación y por el libro. Que en lugar de colgarse la medalla de regalar cacharritos electrónicos en los colegios, doten las bibliotecas. Que nuestros medios de comunicación, en lugar de analizar el último videojuego terroríficamente violento del mercado, hagan caso a la cultura, la promocionen y le den brillo, la hagan apetecible. Tenemos que lograr que hablar de libros sea un acto social habitual, que la literatura tenga prestigio y nuestros conciudadanos quieran leer. Y para eso hacemos falta todos. Yo lo tengo muy claro, si pretendo seguir en esta profesión, que es maravillosa, única, creativa, un sueño, en definitiva, hay que defender el libro. A veces, me temo, nos confundimos y tiramos piedras contra nuestro propio tejado.

 

Billar de letras: A día de hoy, ¿en qué te basas para traducir un libro u otro? ¿por tu afinidad con el editor, con el autor, por los plazos de entrega o por los honorarios?
Quique Maldonado: Como esto va de sinceridad, seamos sinceros: Ahora mismo traduzco lo que me llega. Y rechazo únicamente lo que llega con plazos fijados y me pilla con la agenda llena. Y lo de rechazar es una novedad…

Ahora bien, es que yo tengo mucha suerte, trabajar con editoriales independientes no significa necesariamente llevar bigote «hipster». Lo que sí significa en este país es trabajar con grandes textos y autores consagrados. Es que a mí me dicen: ¿quieres traducir a Thornton Wilder? ¿A Rudyard Kipling? ¿A Iceberg Slim? ¿A Daniel Fuchs? ¿Cómo voy a decir que no? No sé si será cuestión de suerte, pero no me he visto en la tesitura de tener que aceptar (o rechazar) un libro malo, ni siquiera mediocre. Es que, oiga, en este país las editoriales independientes están haciendo un trabajo encomiable, con sus excepciones, qué duda cabe, pero en su mayoría tienen un nivel literario muy alto. Y el lector puede tardar en llegar hasta ellas, pero cuando lo hace, es plenamente consciente del esfuerzo que hay detrás. Al contrario de lo que parece que piensan en las altas esferas del poder y la economía, el ciudadano medio no es tonto y sabe distinguir la calidad de la publicidad. Y yo estoy en medio de todo esto, trabajando con editoriales que hacen verdaderos librazos, ¿no es maravilloso?

 

Billar de letras: ¿Sueles esperar a que un editor te llame para traducir un determinado autor o andas siempre a la búsqueda y captura de esos textos que como lector y traductor te gustaría ver en castellano?
Quique Maldonado: Estoy siempre esperando que un editor me llame… Inquieto, deseoso… Pero sí, claro, estoy también buscando siempre libros que merezca la pena publicar. Y le voy dando propuestas a los editores. Creo que es fundamental.

 

Billar de letras: ¿Cómo de abiertos están los editores en nuestro país a las propuestas de los traductores?
Quique Maldonado: No sabría decir. Supongo que es una cuestión de volúmenes. Si todos los traductores estamos repartiendo propuestas sin parar, pues entiendo que los editores tengan que priorizar. Los que yo conozco, que son verdaderos hombres-orquesta, hacen de todo y con muy pocos medios, tienen el oído alerta ante las propuestas, cuando tienen tiempo, claro…

Pero a veces sí escuchan. Alguna de mis traducciones parte de una propuesta mía. Me pasó con Nórdica, por ejemplo. Le dije a Diego Moreno, «oye, mírate esto [el primer libro de Washington Irving, A History of New York], que no se ha publicado antes y es la leche». Y seis meses después me dijo: «¿para cuándo lo puedes tener hecho?». Y es un gustazo. Supongo que algo tendrá que ver que yo ya trabajaba con él; de hecho, fue leyendo a Irving para preparar la traducción de Rip van Winkle que publicamos juntos cuando descubrí lo que después sería Una historia de Nueva York.

 

Billar de letras: ¿Qué les recomendarías que hiciesen a aquellos que están tratando de abrirse camino en el campo de la traducción literaria?
Quique Maldonado: Pues les diría que hagan propuestas, pero que sepan dónde tiran la piedra. Que se empapen del sector, que sepan de libros más que nadie, que sepan qué catálogo tiene cada cual, porque si lo que le planteas no tiene que ver son su catálogo (no con lo que a ti te gustaría que fuera su catálogo, ojo), quizá la siguiente vez no te escuchen. A mí me ha pasado, pero he sido consciente después, me empeñé en un determinado libro y se lo mandé a todo el mundo. Y la mayoría de las editoriales a las que se lo envié no tenían un catálogo ni remotamente parecido a lo que yo proponía.

Aunque quizá si no te conocen sea más difícil llegar hasta ellos, hasta los editores. Si es así, pónganse a hacer cosas, organicen actividades literarias, dense a conocer en el sector, paseen por la feria del libro. Utilicen las horas muertas de calor (¡qué calor!) de esos días para charlar con ellos. Y sí, manden propuestas, pero mándenlas con sustancia. Me explico: una propuesta es un currículum con brillo. En lugar de decir «este soy», dices «esto sé hacer». Pero antes de enviarlas, hay que enseñárselas a alguien, alguien tiene que corregirlas, porque como metas la pata… Esto es una cuestión de confianza y si en la primera página la pierden… no siguen leyendo.

Y sin embargo, aunque no funcione, hacer propuestas de traducción es un aprendizaje en sí mismo: te obligas a buscar buenos libros que no estén publicados aquí, te enteras de cómo funciona el mercado de derechos, ¡te sientas a traducir!, te corriges una y otra vez, te planteas cómo sería la campaña promocional de ese libro (y así la propuesta la envías bonita, con su portada, su nota de prensa…). Y quizá no salga, pero has aprendido.

Compañeros míos de promoción, amigos y demás, a veces se me acercan y me dicen, «pues si te sobra algo…». Y no, esto no funciona así. O eso creo yo. Un editor no quiere que le recomiendes a un traductor, quiere que la hagas tú, y si no puedes, nada de experimentos. Yo por norma no recomiendo a nadie cuyo trabajo no conozca. Lo que les digo a quienes quieren empezar y buscan mi ayuda es: encuentra un libro bueno sin publicar, hazte un par de capítulos, me los mandas, los revisamos y los pulimos. Si has hecho un buen trabajo, yo te pongo en contacto directo con los editores, y si no funciona, sigue leyendo, sigue aprendiendo, sigue traduciendo y todo terminará por funcionar.

Uf, me acabo de dar cuenta de que esto suena un poco subidito… Como si yo pudiera dar lecciones. No es eso, pero igual que hay que reconocer que en este país tenemos grandísimos traductores, también es cierto que cometemos errores, unas veces más y otras menos. Y ese libro está ya anunciado, y no hay tiempo… Y yo soy el primero que comete errores, yo tengo también todo por aprender, porque acabo de llegar y en esta profesión la experiencia es un grado. Y por eso incido en el proceso de aprendizaje y en las correcciones. Yo no le puedo dar a nadie para que me corrija seis novelas al año, no soy tan íntimo enemigo de nadie. Tengo que aprender de las correcciones que hacen editores y correctores de mis textos y esperar que no pierdan su confianza en mí, que piensen que la próxima traducción llegará mejor.

 

Billar de letras: Por último, te hemos visto en la Feria del Libro de Madrid detrás de alguna caseta vendiendo libros. ¿El contacto con el lector te parece necesario para un traductor? ¿Cómo te sientes más cómodo, en la soledad de tu cuarto jugando con las palabras o hablando sobre un determinado catálogo editorial? ¿O es que sueles firmar los libros que traduces?
Quique Maldonado: Ay, la Feria… Sí, mis editores son mis amigos y si me piden implicación, ahí estoy yo… Me apetecía, la verdad, aunque ¡menuda paliza!
El contacto con el lector es necesario, pero no para el traductor, ¡para todos! A veces nos metemos en la soledad de nuestro cuarto, como tú dices, y se nos olvida que hay un lector ahí fuera. Y que es inteligente. Y que quizá no sabe lo que quiere, pero sabe lo que no quiere, sabe lo que le tiene ya hastiado. Hay que salir y hablar con ellos. Hay que organizar clubes de lectura, encuentros con autores, traductores, editores, ilustradores… La necesidad existe, en nuestras manos está aprovecharla.
Y los traductores no tenemos contacto con nuestros «clientes», apenas oímos a nuestros lectores porque no los conocemos (la familia no cuenta). Estar en una caseta en la feria del libro es un gustazo, a ratos al menos. Alguien llega y empieza a recomendar a un amigo ese libro, ese, que es divertidísimo, te ríes sin parar, ya verás… Y tú, que eres el traductor, por fin puedes decir: se han reído, de eso se trataba. Bien hecho.
Y si te piden que se lo firmes (porque en algún momento le dices que la traducción es tuya, el ego, oiga), te mueres de vergüenza y le dices que no, hombre, que los traductores no firmamos libros. Y cuando se van con su libro firmado, te quedas allí, en tu caseta, rodeado de libros, muerto de calor y más feliz que una perdiz. ¿No es maravilloso?

***

 

Si queréis asistir a la clase magistral que Quique Maldonado dará sobre las hablas particulares y la fidelidad de la traducción, en el marco de nuestro  club de traducción literaria el martes 25 de mayo a las 19:30, sólo tienes que escribirnos un email a info@billardeletras.com o llamarnos al 91 532 40 64.

¡Os esperamos!

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Natalia

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