Entrevista a Carmen Francí, traductora de grandes clásicos

POSTED BY   Natalia
19/01/2017

Continuamos la serie de entrevistas a traductores, en la que participaron ya María Teresa Gallego Urrutia, Pepa Linares o María López, y lo hacemos con los traductores que participarán en nuestro ciclo de charlas sobre traducción.
Entrevistamos ahora a Carmen Francí, traductora de clásicos como Joseph Conrad, Charles Dickens o George Eliot, pero también de autores modernos como Julian Barnes, Joyce Carol Oates o Toni Morrison.
Secretaria general durante unos años de ACE Traductores y profesora de traducción literaria en la Universidad Pontificia de Comillas.

Una entrevista que no te puedes perder si de verdad quieres conocer más a fondo el mundo del traductor literario. Un lujo de respuestas.

Billar de Letras (BdL):  Carmen, cuando me puse en contacto contigo para que dieras una charla en Billar de Letras, nos propusiste dos temas: las manipulaciones sexistas que han hecho algunos traductores a lo largo de la historia y la conveniencia de volver a traducir a los clásicos. Son dos temas sumamente interesantes, y con algunos puntos en común. Sin que nos reveles el contenido de tu próxima charla, ¿podrías explicarnos qué te ha llevado a querer profundizar en estas dos cuestiones?
Carmen Francí: Sí, son dos temas interesantes y hay grupos de investigación universitarios dedicados a estudiarlos con detalle y profundidad. Pero mi aproximación es más a pie de obra: a mí me empezó a interesar el asunto de la calidad de las traducciones con las que nos hemos formado a partir de mi  experiencia  como lectora y traductora;  me gusta cotejar traducciones y me he llevado tremendas sorpresas en más de una ocasión. Ahora diríamos que muchas de las traducciones de hace un siglo son adaptaciones. No es que sean buenas o malas: es que son otra cosa, no son traducciones. El concepto de fidelidad en la traducción ha cambiado mucho. Faltan párrafos, se eliminan frases, se altera el tono, se suprimen diálogos o se resumen fragmentos.

En el caso de La pequeña Dorrit, que es el que he cotejado más a fondo, existen varias versiones anteriores a la que hicimos Ismael Attrache y yo para Alba Editorial hace unos pocos años. Lo que más llama la atención es que muchas de ellas se destinaron a un público juvenil (no sé bien a qué se debe ese empeño de tratar a Dickens como un autor para jóvenes) y, sin que se indique en ningún lugar, faltan párrafos y capítulos enteros. Pero lo peor no es eso: lo peor es que lo primero en desaparecer es el humor de Dickens, su sentido crítico, su ironía. Dijo Karl Marx en un artículo publicado en el  New York Tribune en agosto de 1854 que Dickens, al igual que otros escritores de ficción de la época, habían planteado con sus descripciones exactas y elocuentes más verdades sociales y políticas que todos los políticos, periodistas y moralistas juntos. Bien, gran parte de esa crítica social no aparece en las traducciones al castellano. Y más allá de las amputaciones brutales están las interpretaciones más sutiles que sesgan y manipulan el contenido.

BdL: ¿Crees que todavía hoy, el sexismo puede afectar a algunas traducciones?
Carmen Francí: Claro. De la misma manera que todos nuestros prejuicios afectan a nuestra interpretación del mundo. Pondré un par de ejemplos: la primera frase de Paraíso, de Toni Morrison (una novela excelente que traduje hace años), nos dice que disparan primero a la chica blanca. Pero luego la obra no nos da más pistas. ¿Cómo deduce el lector cuál de las mujeres es blanca? ¿La que se ha escapado de casa, la que procede de un barrio marginal o la que se expresa con mayor corrección? A falta de datos o de un análisis profundo del texto, dependerá de las ideas preconcebidas del lector. Otro ejemplo: en inglés, algunas veces no sabemos de qué sexo son algunos personajes puesto que los adjetivos no lo indican. Pero tenderemos a pensar que unos son hombres y otros son mujeres en función de nuestras ideas sobre profesiones, actitudes o formas de expresión. Está claro que nuestros prejuicios nos hacen ver la realidad de un modo u otro. Y la imagen que se forma el traductor en su cabeza se transparenta en el texto.

En el caso de Dickens que veremos en la charla de enero llama la atención como a Enrique Leopoldo de Verneuil, que tradujo la obra por primera vez al castellano a principios del siglo XX, le resulta ridículo que una mujer de 40 años, que a él le parece que queda fuera del “mercado sentimental” por su edad y su aspecto físico, intente seducir a un antiguo pretendiente. Y esa imagen risible, incluso penosa,  que se hace el traductor en la cabeza no es la que tenía Dickens, que tiende a describir a sus personajes con afecto (especialmente ese, que estaba basado en una persona de carne y hueso): basta con cotejar los adjetivos que utiliza el autor y ver los que emplea el traductor.

BdL: ¿Y en la vida profesional de los traductores?
Carmen Francí: Esa es una cuestión muy interesante sobre la que se ha investigado poco. Sabemos que, en cifras generales, las mujeres cobran menos que los hombres para las mismas tareas. Y que, como correlato de lo anterior, aquellas profesiones que se feminizan experimentan, al mismo tiempo, una reducción general de los salarios. Es muy probable que en nuestro caso, además, en que cada traductor debe negociar su propio contrato para cada obra que traduce, la diferencia sea más acusada. La traducción es, además, una profesión femenina. Según el Libro Blanco de la traducción editorial en España, publicado por ACE Traductores, más de la mitad de los traductores de libros son mujeres. También son mujeres la inmensa mayoría de los alumnos de las facultades de traducción. Es tarea pendiente cruzar los datos de los libros blancos para saber si, además, las mujeres negocian peor sus tarifas o aceptan peores condiciones.  No me sorprendería nada.  De hecho, en los premios Nacionales de Traducción, el porcentaje de varones  premiados es mucho más alto de lo que sería estadísticamente previsible.

BdL: Cuando traduces a un autor clásico, ¿intentas que parezca un texto escrito en español en esa época? ¿Prefieres acercarlo al siglo XXI? ¿O se trata más bien de crear la ilusión de que es un texto antiguo pero hacerlo inteligible y cómodo de leer para un lector contemporáneo?
Carmen Francí: Yo creo que en este punto actualmente hay cierto consenso entre los traductores y editores: el objetivo no es que parezca un texto español de la época del original porque sería una tarea casi imposible, al alcance de unos pocos especialistas en lengua española (que no necesariamente lo serían en la lengua extranjera correspondiente). Pero tampoco nos parecería aceptable que estuviera escrito en un castellano contemporáneo. De modo que intento traducir a una lengua que, sin ser arcaica, tampoco contenga léxico posterior a la fecha de publicación del original. Eso es relativamente complicado pero, afortunadamente, tenemos herramientas como el CORDE de la RAE que ayudan a resolver dudas. También ayuda una inmersión total en autores más o menos similares al que estamos traduciendo. Por ejemplo, algunos capítulos de Dickens me recordaban mucho a Larra: así que me puse a leerlo no tanto para imitarlo como para impregnarme del tono. En literatura es totalmente válida esa frase de que “lo que se come se cría”: así que intento “comer” autores llenos de proteínas útiles.

BdL: Y cuando traduces a autores contemporáneos, ¿hay autores que te hayan resultado especialmente difíciles de trasladar por tener su obra un trasfondo profundamente americano?Carmen Francí: Los traductores del inglés lo tenemos relativamente fácil: no sólo hay muchísimas herramientas de consulta en Internet, es que  la cultura estadounidense nos resulta muy cercana. Marcas, tiendas, referencias históricas o culturales… gracias a las series y películas se ha convertido en una cultura que nos resulta mucho más nuestra que otras mucho más próximas geográficamente. Y si no se entiende ahora una referencia cultural concreta, ya se entenderá dentro de un tiempo. En cierto modo, algunas veces parece que estemos traduciendo del futuro. Recuerdo que la traducción de Microsiervos, de Douglas Coupland, por ejemplo, nos planteó muchas dudas en este sentido: los lectores no sabían entonces qué eran unos Dockers o qué era IKEA. Afortunadamente, no pusimos notas al pie de página explicándolo porque con el paso del tiempo habría quedado ridículo.

BdL: Todos tenemos nuestros autores favoritos, aquellos que nos han marcado y nos han hecho cambiar de alguna manera, o ver el mundo con otros ojos. La relación del lector con el autor es tan profunda que a veces uno se siente más próximo a un determinado autor que a personas con las que trata todos los días. Pero cuando traduces, esa relación es más intensa aún. ¿Hay algún autor que creas que te ha marcado de manera especial por haberlo traducido y que no lo hubiera hecho si solo te hubieras acercado a él como lectora?
Carmen Francí: Quizá George Eliot, de la que traduje El molino del Floss. Me pareció una autora de una inteligencia brutal, de una capacidad finísima para describir relaciones humanas y personajes, parece mentira que escribiera mucho antes de que Freud publicara su obra (tuve que andarme con mucho ojo para no introducir términos popularizados por el psicoanálisis y posteriores  su época). Y en el aspecto técnico, me gusta mucho la estructura de sus frases, su modo de utilizar el punto y coma; creo que, de un modo u otro, lo he hecho mío.

También supuso para mí una enorme satisfacción traducir La historia de la decadencia y caída del Imperio Romano, de Edward Gibbon. En primer lugar, porque fue mi primera traducción para Alba, una editorial que trabaja con un rigor y una exigencia que no he visto en otras. Pero, además, por el placer de traducir a un historiador del siglo XVIII que tuvo un papel fundamental en la historiografía europea. Esta obra tenía una traducción al castellano de José Mor de Fuentes muy peculiar, tremendamente personal y arcaica ya en el XIX. La traducción que me encargó Alba no era de la obra completa sino una selección de los textos que siguen considerándose de interés. Fue un placer descubrir que Gibbon tenía un inglés mucho más vivo y comprensible que su traducción  y poder plasmarlo en un  castellano fiel al autor y a su siglo.

BdL: Has traducido muchas novelas, has sido secretaria general de ACE Traductores y eres editora de la revista Vasos Comunicantes, además de dar clases en la Universidad Pontificia de Comillas. Parece que tu carrera está ya muy asentada. Pero ¿cómo empieza un traductor a traducir libros importantes? ¿Qué crees que puede hacer una persona joven ganarse la confianza de un editor y conseguir que le encargue un trabajo de ese tipo?
Carmen Francí: Ya no soy editora de Vasos Comunicantes: la etapa asociativa fue muy importante, pero también muy absorbente y había llegado hora de pasar el testigo a otros. En cuanto a las preguntas concretas, debo decir que no hay carreras profesionales asentadas en la traducción de libros. Si mi trabajo no gusta o no le caigo bien a un editor ―porque le he llevado la contraria en las correcciones o he discutido la tarifa, por ejemplo― no tiene la menor obligación de volver a llamarme. Es una de esas profesiones en las que cada trabajo es un nuevo examen. Incluso no hace mucho me pidieron que les tradujera un textito a modo de prueba cuando, además, era una editorial para la que ya había trabajado años atrás. Tampoco la antigüedad o la experiencia son argumentos válidos para negociar mejores tarifas. Así que no sólo es difícil empezar, también es difícil mantenerse.

En cuanto al modo de iniciarse en la profesión, no es fácil dar recetas. En la sección El Centón del número de 38 de Vasos Comunicantes publicamos las experiencias de una serie de traductores.  En ellas se ve que no hay más fórmula que intentar formarse lo mejor posible y tener contactos en el mundo editorial y traductor. En realidad, la misma que para cualquier otra profesión similar que uno ejerza como trabajador autónomo, tampoco somos una excepción.

Por eso es tan importante el vínculo que se establece entre colegas gracias a las asociaciones de traducción. Yo soy consciente de que muchas de las veces que me llama un editor para el que no he trabajado nunca lo hace porque algún colega me ha recomendado. Y, de la misma manera, cuando no puedo hacer una traducción por falta de tiempo o de conocimientos específicos, recomiendo al traductor que me parece más adecuado para el trabajo. Y algunos de esos colegas son exalumnos… Creo que esta red solidaria que hemos sabido tejer tiene un valor inmenso porque es una verdadera filosofía de la profesión. Por supuesto, no doy nombres cuando la oferta del editor me parece inadmisible por cuestión de tarifas o de contrato. En este sentido, me sorprende que algunas editoriales que gastan mucho en promoción descuiden tanto la imagen que tienen de puertas adentro. Creo que es un error inmenso que pagan muy caro. Y ni siquiera parecen saberlo.

BdL: Me imagino que leerás muchos libros en su versión original, pero a menudo leerás también libros traducidos, incluso de idiomas que conoces, ¿qué sensación tienes al leer las traducciones de otros?
Carmen Francí: Claro que leo traducciones. No entiendo que algunos traductores confíen tan poco en el oficio como para afirmar que no leen traducciones. Además, yo sólo soy capaz de leer en unas pocas de las miles de lenguas que hay… Lo que sí sucede es que los traductores somos lectores exigentes: yo veo un calco del inglés y se me cae el libro de las manos. Pero también los veo en libros escritos directamente en castellano… 

BdL: Los lectores a veces valoramos de forma simplista un texto, decimos que está bien o mal traducido sin conocer en absoluto el original. ¿Crees que los lectores juzgamos demasiado a la ligera o crees que esa sensibilidad instintiva es suficiente? ¿En qué crees que ha de fijarse el lector?
Carmen Francí: Viendo cuáles son los libros más vendidos de los autores que escriben su obra en castellano, me da la sensación de que la mayoría de los lectores son poco exigentes en cuestiones formales: buscan un simple entretenimiento. Así que no veo por qué iban a pedirle más a  un texto traducido, no parece justo ni coherente.

En cuanto a los lectores formados, yo creo que si no cotejan con el original, la impresión intuitiva puede ser acertada, pero no puede considerarse que eso sea una crítica sólida de la traducción. Yo me he encontrado con que algunos correctores profesionales no tenían delante el original o no conocían suficientemente el idioma de partida, lo que daba como resultado que algunas de sus correcciones eran disparatadas. Algo parecido sucede con la crítica de la traducción que se publica en la prensa: he leído alguna reseña de obras traducidas por mí en las que quedaba claro que el crítico no se había enterado de gran cosa. Y si eso es así en el caso de algunos profesionales…

Otra cosa es que el castellano de la traducción suene bien o mal. Eso lo puede advertir cualquier lector con conocimientos de su lengua. Pero nunca sabrá si ese “suena bien o mal” se debe a la traducción o al original. Los editores parecen empeñados en que la traducción fluya y suene bien, pero hay originales que no fluyen en absoluto y eso pone al traductor en una situación muy delicada.

BdL: Y como profesional, ¿en qué crees que se diferencia un buen traductor de uno malo?
Carmen Francí: Qué pregunta tan difícil… Le he dado muchas vueltas al asunto desde que doy clase. Yo creo que todos podemos ser malos traductores. De hecho, todos somos malos traductores en algún momento, no hay libro que no contenga un error o un lapsus. Pero una suma de errores no necesariamente da como resultado lo que yo llamaría una mala traducción: hay otras cosas como el ritmo, el tono, la atmósfera. En cualquier caso, los aciertos brillantes sólo los consigue alguien con una sensibilidad especial y una formación sólida. Y cierta metodología de trabajo. Lo primero es lo más difícil de adquirir, pero lo último sí se enseña en las facultades de Traducción.

BdL: Un traductor es como un actor, tiene que dejar de lado su propia personalidad y hacer suyos a otros personajes, en este caso concretamente a los autores de los libros, con sus gustos, sus manías, sus obsesiones. Pero los actores, por muy camaleónicos que sean, se sienten más cómodos con unos personajes que con otros. ¿Te ocurre eso? ¿Con qué autores te has sentido más a gusto?
Carmen Francí: Me parece una comparación acertadísima. Y es curioso que consideremos que algunos actores son buenos cuando, en realidad, se limitan a repetir siempre el mismo papel. Yo prefiero los actores camaleónicos, esos que se diluyen en el personaje. Yo no quiero que se me reconozca mi estilo o se identifiquen mis palabras favoritas en una traducción. No digo con esto que  el traductor deba ser invisible. En absoluto. Pero si seguimos con imágenes y metáforas, el traductor debe ser un buen taxista y llevar al lector a su destino siguiendo el mejor trayecto, pero no debe ser Carlos Sainz o Fernando Alonso.

BdL: ¿Qué obra de las que has traducido ha sido la más gratificante? ¿Por qué?
Carmen Francí: Todas son gratificantes cuando las terminas y tienes la sensación de que has hecho un buen trabajo. Aunque debo decir que eso pasa pocas veces: por lo general, cuando uno tiene en las manos su traducción ya editada,  lo primero que hace es ver una errata o algún disparate.

BdL: ¿Cuál la más frustrante? ¿Por qué?
Carmen Francí: Y todas son frustrantes cuando piensas que no estás a la altura del autor. Yo creo que todos los traductores somos candidatos a sufrir el síndrome del impostor porque en más de un sentido es cierto. Y cuanto más admiramos al autor de la obra original, más cruel es la sensación de impostura. En este sentido, uno de los autores que mayor esfuerzo supuso para mí fue Henry James. Creo que tú también lo has traducido y me entenderás: a mí no se me da bien la ambigüedad o la complejidad artificiosa. En algunas ocasiones tenía que hacer verdaderos esfuerzos para serle fiel y no trazar una línea recta entre tanto meandro.

BdL: Hay algo que siempre me ha interesado, y es cómo intervienen el corrector y el editor en una obra traducida. ¿Cuál es su papel? ¿Qué relación tienes con ellos?
Carmen Francí: El traductor, según la Ley de Propiedad Intelectual, es autor de la traducción y responsable de lo que aparece con su firma. ¿Qué pasa entonces con el corrector? ¿No es necesario y no pinta nada? Pues no: el corrector es fundamental. La mejor traducción contiene errores de todo tipo: de comprensión, de expresión y ortotipográficos. Así que el trabajo del corrector es importantísimo, y el editor debe tenerlo presente cuando calcule el tiempo y la remuneración correspondientes. Es una barbaridad que vayan desapareciendo los correctores de las editoriales y de la prensa en general. Y los correctores deberían ser profesionales expertísimos que supieran bien su papel: sugerir cambios cuando hay un error o una posibilidad obvia de mejora. Pero cuando no es el caso, deben dejar el bolígrafo en la mesa y no intentar hacer de la traducción una obra suya. Algunas veces da la impresión de que tienen que hacer méritos a base de tachar, y no es eso. Durante los treinta y tantos años que llevo traduciendo me he encontrado con correctores de todo tipo: desde los que introducen faltas de ortografía y errores de bulto o los que no tienen el original delante hasta los profesionales expertos y abnegados que dedican todo su esfuerzo a mejorar un texto que lleva la firma de otro. Los primeros son una plaga bíblica, pero los segundos son una bendición divina.

BdL: Uno de los eternos caballos de batalla para los traductores son las tarifas. Sabemos que son bajas, y sabemos también que los editores trabajan con márgenes muy reducidos en un sector vapuleado por las nuevas tecnologías y los nuevos tiempos. Sin embargo, los traductores también cobran derechos de autor. Cuando alguien traduce a autores tan prestigiosos como los que has traducido tú, ¿puede ir acumulando con los años alguna renta suplementaria procedente de los derechos de traducción? ¿Has traducido algún superventas que te haya dado alguna alegría económica?
Carmen Francí: Las tarifas no son bajas, son bajísimas. Si un traductor hiciera los cálculos reales de los gastos necesarios para desarrollar su trabajo (material informático, local, luz, impuestos, tiempo real, etc.) no se lo creería. Lo que sucede es que, de modo indirecto, muchos traductores son verdaderos mecenas de los editores: dan mucho más de lo que reciben. Esto es así porque, a pesar de las asociaciones de traductores, el nuestro es un sector muy atomizado en el que las negociaciones se llevan necesariamente de modo individual. Eso nos hace muy vulnerables. Y, a pesar de todo, la profesión tiene un encanto especial: no encontrarás personal autónomo no cualificado que trabaje por tan pocos euros netos la hora, pero seguro que a muchos traductores, si de verdad hicieran los cálculos netos, verían que no ganan mucho más. Como decía un reciente Trujamán de Pablo Moíño, parece que hablar de dinero quede muy poco elegante en el mundo editorial.

En cuanto a lo que se percibe una vez amortizada la cantidad de derechos que se da en concepto de anticipo, debo decir que solo he cobrado por un único libro y durante pocos años. La causa primera es que  las tiradas son cada vez menores y las novedades en las librerías se renuevan muy deprisa. Pocos libros se venden mucho. Pero también es  un hecho que tanto traductores como autores de obra propia no tenemos manera ―que no sea recurrir al juez― de verificar la exactitud de las cifras de tirada que se nos comunican.  Y, además, son muchas las pequeñas triquiñuelas que evitan el pago de derechos: cesiones a terceros, explotaciones en otros formatos, etc. Otra argucia que me irrita bastante es que, en algunas ocasiones, cuando el editor intuye que tiene un best-seller entre manos o una obra que puede recibir una subvención, entregue la traducción a alguien muy próximo a la empresa, no necesariamente traductor profesional. De modo que las conquistas laborales de  los traductores se convierten en una vía más de beneficio para el empresario o allegados.

Las asociaciones de traductores insisten mucho en el porcentaje de derechos que debe estipularse en el contrato y tienen razón: lo dice la ley y hay que cumplirla. Pero la ley también dice que no debe producirse una desproporción manifiesta entre el beneficio de las partes y eso no se cumple siempre. Lo que sucede es que las asociaciones no pueden fijar tarifas, ni siquiera recomendarlas, porque lo impiden las leyes de libre competencia. Por eso es tan importante que de modo individual el traductor se responsabilice de negociar tarifas dignas y no actuar en detrimento de la profesión.

 

BdL: He visto que estudiaste en la Universidad Autónoma de Barcelona allá por los años ochenta, y ahora das clases en la Universidad Pontificia de Comillas. ¿Cómo ha cambiado la enseñanza de la traducción en estos años?
Carmen Francí: Estudié en la EUTI, la Escuela Universitaria de Traductores e Intérpretes, después de cursar Geografía e Historia en la Universidad de Barcelona, y tengo la sensación de que mi formación universitaria fue esa: era un ambiente relativamente movido y estimulante. Tuve buenos profesores que supieron insistir en la importancia del rigor metodológico en las ciencias sociales. Al terminar, pasé un año sin saber qué hacer, buscando trabajo y dudando sobre la posibilidad de hacer oposiciones a profesor de instituto. La precariedad laboral no es nueva para “los de letras”.  Pero no tenía la menor vocación docente y decidí seguir estudiando. Entonces la de Traducción era una opción un poco excéntrica, casi todo el mundo daba  por hecho que para traducir, en el mejor de los casos, bastaba con ser filólogo. Ahora ya se ha generalizado la idea de que es bueno que exista una formación específica de rango universitario y me parece que eso es ya todo un avance.

En cuanto a los métodos de enseñanza de la traducción,  no sé si  han cambiado o no: a mí me enseñaron a traducir a partir de la práctica y más o menos eso es lo mismo que hago yo con mis alumnos. Me guío por la frase de Borges que dice que el concepto de texto definitivo pertenece a la religión o al cansancio. Creo que es importante no insistir tanto en la hipotética solución perfecta como en los procesos de búsqueda y análisis.

BdL: ¿Hay algo que echas de menos en los currículos de las facultades de traducción? ¿o en la forma de enseñanza?
Carmen Francí: Sí y no. Para traducir literatura, toda formación es poca. Y el traductor empieza a formarse en preescolar, en cuanto tiene el primer contacto con las letras. Pero la más completa de las formaciones académicas es inútil si el alumno no lee por afición y por curiosidad.

BdL: En el trabajo diario de un traductor no literario, una de sus mayores dificultades es tener que traducir textos mal escritos, llenos de frases incongruentes, ambiguas, a veces ininteligibles. En cambio, la traducción literaria, o de libros en general, suele trabajar con textos escritos por profesionales de la escritura. ¿Cómo puede afectar esto a la prosa de los traductores durante su periodo de formación? ¿No crees que la traducción de literatura y ensayo debería ser una asignatura obligatoria?
Carmen Francí: Vamos por partes… muchos libros presuntamente literarios no están bien escritos: da la impresión de que se publica casi cualquier cosa y que muchas veces el traductor tiene que pulir más de la cuenta algunas repeticiones, incongruencias y disparates. En realidad, está haciendo lo que debería haber sido tarea de un corrector o editor en la editorial original. En cuanto a la presencia de la asignatura de traducción literaria en las facultades, sabemos que es escasa, desde luego. Pero el alumno verdaderamente interesado pude seguir formándose si lee y coteja traducciones.

BdL: Como profesora, me interesa mucho saber cómo enfocas la enseñanza de la traducción literaria y en qué medida crees que la traducción literaria se puede enseñar.
Carmen Francí: No sé si soy capaz de enseñar a traducir literatura… pero me consuela ver que mis alumnos sí son capaces de aprender. Sé que en gran medida es gracias a su esfuerzo exclusivo, pero sí creo que se puede enseñar cierta metodología basada en la necesidad de comprender, dudar y expresarse con precisión.

BdL: Y como despedida, ¿qué libro recomendarías leer sobre traducción?
Carmen Francí: Todo lo que leemos puede ser útil para traducir: desde el texto que aparece impreso en la caja de cereales del desayuno hasta el prospecto de un medicamento. Todo nos ayuda a identificar registros y a ampliar nuestra capacidad de expresión.

En cuanto a los libros de teoría de la traducción, debo decir que me parecen una reflexión necesaria, pero de poco utilidad práctica para el traductor profesional. En cambio, me gustan y me divierten los libros sobre la lengua en general como, por ejemplo, el de Luis Magrinyà, Estilo rico, estilo pobre. Creo que combina con gracia la erudición con un punto de vista original: el análisis de los textos traducidos como obras “de curso legal” dentro de la lengua española, no como meros sucedáneos de textos escritos en otras lenguas.  Eso nos lleva al papel del traductor como introductor — pero también como creador— de lengua literaria. O como dique que impide la entrada de calcos literales y busca alternativas más acordes con la lengua. Una responsabilidad tremenda, sin duda.

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Carmen Francí inaugura nuestro  club de traducción literaria: cinco clases magistrales, el último martes de cada mes con cinco grandes traductores. Si quieres unirte mándanos un email a info@billardeletras.com o llámanos al 91 532 40 64.

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Natalia

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2 comments

  1. Gustavo A Silva

    Felicito efusivamente a la señora Francí por la claridad, profundidad y amplitud de sus
    conceptos. No es frecuente que un traductor literario se exprese así; casi siempre son parcos o
    emiten generalizaciones de escasa utilidad. Y el nombre de la entrevistadora tiene que aparecer
    porque es imprescindible darle crédito. Además, en este caso ha hecho un trabajo muy bueno,
    de manera que la entrevista en su conjunto es excelente.

    Cordialmente,

    Gustavo A. Silva

    1. Natalia

      Gracias Gustavo por tu comentario. La verdad es que la entrevista a Carmen Francí es fantástica y te invito a que leas algunas otras que hemos realizado a traductores en Billar de letras en el área de recursos para traductores.
      Y sobre el tema de la autoría de la entrevista, nuestra política es que sea Billar de letras quién firma las entrevistas, pero si tienes mucha curiosidad esta vez ha sido Maite Fernández, traductora y coordinadora del área de traducción literaria de Billar de letras 🙂

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